lunes, 10 de julio de 2017

40

Estelita se consideraba indispensable. 
Tal vez lo fuiste, tal vez lo eras. 

Tus tiempos siempre fueron cortos. Como un delirio febril, o como la desgarradora premura con la que se advierte a la muerte en los últimos segundos. 
Como el infierno mismo transfigurado en mi presencia. Ese momento en el que mi alma se desvanecía, junto a mi moral y mis buenas costumbres. 

Te llevas todo a tu paso. Sin reparo, sin piedad. 

Yo me quedo sola, inocupada. Usada y vacía. 
Preguntándome si vivir en la ignorancia era realmente tan malo. Si hubiera soportado coexistir con ella toda una vida, sin que nunca me hiciera falta más. 
Las lecciones también son importantes. 

Estuviste sobre mí. Me pisoteaste tantas veces que lo empecé a sentir natural. 
Me hice cómplice por no mantener mi palabra. Pero no más, eso ya cambió. 

Esta vez sí es en serio. Son más que amenazas, lo juro. 
Esta vez me despojé de toda noción que consideraba cierta. Te vi a través de los ojos de terceros y presencié lo que tantos ya habían confirmado. Que fui yo quien no entendió tu naturaleza, tan incompatible con la mía. Que yo no haría milagros, ni merecía esperarlos. Que era hora de darme golpes con otra piedra. 

Por eso te dejo, Estela. Porque el masoquismo y la desesperación no se me ven tan bien, y la poca dignidad que aún tengo no ha de ser compartida. 
No te deseo nada, porque ya desearte no es mi problema.

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