jueves, 16 de febrero de 2017

XIII

Sigo esperando que alguien me abrace.

Sé que no vas a ser tú, pero igual te busco, constantemente. 

Sigo esperando que alguien pregunte, que alguien preste atención. 
Sigo esperando que alguien me atrape, antes de caer al piso, derrotada.

Y ya no puedo llorar desconsoladamente en tus brazos como hice más de una vez. Ya no puedo pedirte que me consueles y que me digas que todo va a estar bien, porque tú eres la única a quien le creo esas afirmaciones. 

Ya no puedo suplicarte que calmes mi tristeza, que seas mi ancla. 
Tú ya no puedes hacer eso, ya las fuerzas no te dan.

Y desde entonces he buscado, tantas veces, en tantos lugares, pero es en vano. 
Porque nadie jamás ha logrado confortarme tanto, y probablemente nadie lo logre de nuevo. 
Probablemente viva el resto de mi vida con un huequito permanente en el corazón. Uno que nunca logre sanar pero con el que aprenda a vivir.
Porque tú no lo sanaste, tú no sanaste, y yo no supe como sanarlo tampoco. 
Así que así se quedó.

Estoy intentando aceptar eso. Con todas mis fuerzas.
Mi nueva realidad en la que te convertiste en un bebé indefenso que necesita cuidados.
Intento razonar, pero no tiene sentido.
Así que sólo acepto lo que puedo. Aprecio los minutos en los que te provoca hablar, aunque pasen rápido. 
Aprecio la promesa de vernos pronto. Aprecio las memorias que formamos hace tanto, que afortunadamente son suficientes como para que no acaben rápido. Los momentos que pude haber valorado más. Los realities de cocina y los sitcoms que hace tanto nadie ve, nadie más que nosotras. Las fotos que robe de álbumes olvidados para sentirte más cerca.

Lo guardo todo. Aunque no te des cuenta. Aunque ahora yo esté en algún lugar olvidado de tu memoria.


Tú sigues en mí.