jueves, 29 de diciembre de 2016

XII

Yo debería poder manejar esto. Yo sé. Debería ser una experta. Debería poder hacerlo con naturalidad, como quien lleva toda una vida lidiando con el mismo tema y ya no le teme sino que lo domina. Soluciona.

Pero nunca supe. Aún no sé.

Pasé todo el año intentando enfrentarlo en mí misma, lográndolo sólo de vez en cuando. En esos pocos ratos en los que no me oprimía el pecho impidiéndome respirar. En esos pocos ratos en los que sentí algo de paz, aunque fuera efímera y la consciencia no me permitiera ver más allá.

Y ahora te está pasando a ti. Igual. 
Mentira, peor. Mucho peor. 
Y yo tengo que ser fuerte por ambas. Tengo que guiarte. 
Pero estoy fallando. Una y otra vez.

Yo no estaba lista para esto. 
De todas las veces, de todos los infortunios y situaciones inesperadas, ésta me está ganando. El miedo me está ganando. Ese mismo que tienes tú. Sólo que no te lo digo.

Es que te estás alejando de mí. De todo lo que somos. Lento pero seguro, poco a poco, sin darte cuenta. 
Yo sólo quiero que vuelvas y podamos olvidar que esto sucedió. 
Vuelve, anda. Deshaz esto. Esta mierda sobre la que ninguna de las dos tiene control.

Un año debió haber sido suficiente, pero ya van dos. Y no sé de dónde sacar más fuerzas.
Te estoy fallando. Una y otra vez. 

Y sí lo estoy intentando, en serio, te lo prometo. Esta vez parece no ser suficiente.

jueves, 20 de octubre de 2016

38

Ay, Graci, qué ingenuos que fuimos.

Intentando despertar un cuerpo que hace rato se descomponía.

Tomando sus manos, esperando que nuestro calor fuera suficiente para traerlo de vuelta.

Y quedándonos solo con el fétido aroma de aquello que ya todos olvidaron.

Un pequeño castigo para tan poco juicio.

No me tomó mucho darme cuenta
que tu silencio decía más de lo que tu elocuencia jamás lograría.

Que la soledad hace al querer, más que romántico, inevitable.

Que hablaba sólo desde la nostalgia de lo que se extraña de a ratos.

Y que con los años, probablemente eso también se vaya.

No creo que fueras tú, después de todo. Sí, lo fuiste, por un breve, brevísimo, momento. Pero los desencantos fueron mayores que nuestra fortuna, y de malos ratos no vive nadie.

Tú me querías guardado, en tu cajita; la reserva para cuando los otros planes empezaran a fallar. La situación ideal si decidiera adaptarme a ti. Sumiso, maleable.

Y no.

Sé que encontrarás a alguien más para reemplazarme, pero prometo que ya no duele.
Ya no tanto, ya no casi, pronto no nada.

Ya descubrí que mi vida es mejor sin ti, y te deseo la misma suerte.

martes, 9 de agosto de 2016

37

Estaba evitando aceptarlo, sintiéndome mal por mí misma, negando mi nueva realidad. Pero creo que ya es hora.

Ya es hora de que termine de entender que nuestro futuro no era juntos. Y que todo lo que había planeado para los dos ya no va a suceder; toda la gente que íbamos a conocer, todo lo que íbamos a aprender, cómo finalmente iba a conseguir un lugar que sintiera como mío.

Es hora de aceptar que los dos años que pasé intentando que estuviéramos juntos, hay que dejarlos atrás.
De aceptar que probablemente el camino contigo iba a ser mucho más fácil, pero no iba a ser el correcto para mí. O algún otro argumento de mierda igual de jipi.

Tengo que dejarte ir, porque no vamos a estar juntos. Más por ti que por mí, pero definitivamente porque no convenía.
Tengo que empezar a buscar mi camino en otra parte y llevas 3 meses impidiéndomelo.
Llevas 3 meses apareciendo constantemente, recordándome todo lo que me voy a perder, las clases que ya no voy a tomar, los clubs de los que ya no voy a formar parte, las calles por las que ya no voy a caminar. 

Explotando la burbuja de felicidad que me mantuvo cuerda durante todo el año pasado. Porque, después de todo, resulta que el universo no te trata bien después de haberte pisoteado un rato. No es así de trivial.

Porque a lo mejor estaba aspirando demasiado alto. Esperando que una solución milagrosa apareciera del cielo y me pagara la matrícula.
Pero no apareció, Boston. Y la jeva pelabolas ha de aceptar su realidad. 
Aunque se me haya roto un poco el corazón, prometo que ya (eventualmente) no voy a llorar más.

Te voy a dejar ir, igual que tú hiciste hace ya rato conmigo.
Tú y yo no encajábamos, eso lo entiendo ahora. También entiendo que no soy especial un carajo, soy floja. Y si sigo llorando por ti, más nada va a pasar.

Entonces, eso. Quédate con tu poca humedad y con tus nevadas de mierda en invierno, y con tus estudiantes snob a los que odio en secreto sólo porque aún les tengo envidia.
Quédate con tus langostas desabridas y tus parques innecesariamente verdes.

Ahorita no, pero ya pronto dejo de extrañarte.

domingo, 20 de marzo de 2016

V

No puedo respirar.
Tengo semanas sin poder respirar.
Soy un zombie consumido por cosas que hacer.
Todo para probarle a una gente que soy buena en algo en lo que ya no necesito validación.
Yo no, al menos, pero sí todas las instituciones de las que me muero por formar parte.

Porque aunque nunca intenté pelear con el sistema, ni quise estar fuera de él, hoy querer pertenecer se siente particularmente pesado.
Porque no puedo respirar.
Porque no puedo pensar en otra cosa que no sea el resultado incierto y totalmente fuera de mis manos.
Porque llevo semanas durmiendo 4 horas diarias sin haberlo decidido e igual no siendo productiva.
Porque sólo voy apagando incendios sin tener las cosas bajo control.
Porque no tengo espacio. Nunca tengo espacio. Tengo una claustrofobia que se ha vuelto permanente. Y es mental, que no la hace sentir ni un poquito menos verdadera, por el contrario, es esa claustrofobia la que me está asfixiando.

Un mes y diez días más. Es mi nuevo mantra. Me lo voy a tatuar. En la frente. Y así el sistema terminará de rechazarme del todo.

"No, gracias, puta. No te queremos a ti, ni a tus ideas repetitivas y poco creativas, ni a tu tatuaje de mierda. ¿Quién carajo se hace un tatuaje en la frente? Es tu culpa. Buena suerte trabajando de bolsera o DJ de pranes por el resto de tu vida"

Eso es lo que me van a decir.
Mentira, nunca me van a contestar. Pero seguro algo así pensarían.
Llevo dos meses escribiendo ensayos. De porqué valgo la pena, de porqué deberían darme una oportunidad, o darme dinero, o dedicarme 10 minutos de su tiempo.
Llevo dos meses vendiéndome. Escribiendo mierdas cursis que rayan en lo vomitivo para que me den un puesto y dinero. 
Que a gran escala suena fabuloso. Como escribir y que te paguen. 
Pero a pequeña escala es como el elefante al que le enseñaron a bailar y que lo repite para que no le den palazos, o ese jipi de mierda con el pelo sucio que ofrece escribir un poema en Before Sunrise para que le regalen unos cigarros. 
Exactamente igual de denigrante.
Que el resultado valga la pena no lo hace menos frustrante, ni un poquito.

"Yo le he tenido que echar un montón de bolas, en serio"
"Su institución es el sueño más grande de toda mi vida y estaré devastada si no me dejan entrar"
"Soy del tercer mundo. Pobrecita niña tercermundista que no encontraba papel toilet"
"Dejé de estudiar un rato porque mi mamá estaba muy enferma. Pobrecita niña desfavorecida que tuvo que enfrentar la adversidad"

Ya me doy asco.
Y me dan asco ellos.
Y me da asco todo el mundo denigrándose por dinero porque no queda de otra.
Hoy soy una impostora falsamente anarquista que odia al sistema pero que se entrega a él porque no le queda de otra (y porque realmente quiere).
Hoy y los últimos 60 días y los próximos 40 también.

No me quejo tanto, normalmente es bien llevadero, pero hoy me doy asco.

lunes, 18 de enero de 2016

36

Te extraño, Andre.

Te extraño y aún no me voy. Te extraño y aún estamos juntos pero ajá, yo siempre he sido así de anticiparme a las cosas.

Extraño lo que fuimos y lo que no llegamos a hacer. Extraño lo que tal vez nunca seamos, porque el tiempo a veces es así. 
Extraño ser idealista y pensar que sí va a funcionar, que todo va a ser igual más adelante, que nada va a cambiar ni un poco. Porque es lo que más quiero en el mundo, pero no depende de ninguno de los dos.

No sé que decirte que ya no te haya dicho miles de veces. No sé cómo convencerte de que ya no tengo ganas de moverme, de que así ya no querría seguir, de que viviría paralizado en el tiempo sólo porque tú ya no te moverías conmigo.

No sé que decirte porque realmente me importa lo que vayas a pensar cuando lo diga.

No sé qué decirte porque no sé cómo remediarlo, nada de esto, y temo que cualquier cosa que sí decida decir no sea suficiente. Nunca será suficiente.

Contigo nunca hubo mariposas, es verdad, pero sí la plena certeza de que mientras estuviéramos juntos todo iba a estar bien. 
Contigo nada es pesado, nada es difícil, en serio. Contigo cada día es relevante.

Te voy a extrañar toda la vida, te lo juro. Nos voy a extrañar a los dos. Aunque haya otros tipos, aunque decidas ser feliz en otra parte, aunque después decida ignorarlo para vivir en paz. 
A mí la nostalgia me va a durar toda la vida, secreta e ignorada, pero presente siempre.


Eras tú, Andre, sigues siento tú. Pero el tiempo a veces es así.

sábado, 9 de enero de 2016

IV

Porque los días malos no se van definitivamente.
Porque la tormenta nunca pasa del todo.
Porque la calma no sólo es temporal, sino que además es corta.
Porque mi claridad mental a veces se va de paseo en los momentos más inadecuados.
Y porque sin ella me voy a la mierda yo.

Porque las decisiones más importantes son esas que se conocen a la perfección pero que da pánico ejecutar.
Esas que tienen consecuencias.
Esas que no sé asumir.
Porque aún no he terminado de madurar y sigo necesitando aprobación constante.
Sigo necesitando que alguien me diga qué hacer. Que alguien se haga responsable para no tener que hacerlo yo. 
Pero ya esos lujos no existen.

Porque soy una enorme egoísta y sigo pensando en base a lo que yo quiero y no en base a lo que es realmente necesario.
E incluso cuando pienso que me estoy enfocando en lo necesario, siempre hay una voz gritándome que soy una egocéntrica. Que no tengo mis prioridades claras. Que no sé lo que quiero. Que estoy haciendo todo por las razones equivocadas.

Y no hay validación suficiente.
Porque en los días malos nada parece ser suficiente.
Y porque la tormenta nunca pasa del todo.