sábado, 25 de julio de 2015

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Ese es tu mayor problema, María Cristina. Tú esperas demasiado de la gente, y no de alguna gente en particular, no, de todo el mundo, siempre.

Pero sobre todo de los tipos: los que están a tu alrededor, los que no te gustan pero a los que quieres gustarles y por los que te preocupas como si te gustaran de verdad, los que no estás segura de si te gustan y los que te gustan pero no te paran bolas. De esos tú esperas muchísimo más de lo que jamás va a pasar. 

Por eso es que te pasan las vainas. Por eso es que es sábado en la madrugada y estás enguayabada sola, escuchando música pavosísima, que al principio venía de la ventana de tu vecino pero que luego pusiste voluntariamente en el computador, garabateando vainas que jamás llegarán a ser arte y soltando unas lágrimas banales por gente que jamás te cogió.

Te haces ilusiones con el primer cretino que te mira bonito. Que en verdad no te estaba mirando bonito nada, sonreía porque tu vestido le recordó a la última tipa a la que llevó a un matadero en Plaza Venezuela ¡tremenda vaina! Y tú que te empeñas en tomártelo como una carta de amor del siglo XXI, haciendo pedazos la autoestima y dignidad que aún te queda.

Simpre te prometes que no lo vas a volver a hacer, que este tipo –que tampoco te para bolas– sí es diferente. Que es artístico, talentoso, sensible, que lo admiras un montón. Y mira, no. Ni el arte, ni el talento, ni la sensiblidad vienen por vestirse sólo de negro y lavar la ropa una vez al mes. Tampoco vienen del perico ni de la indisponibilidad emocional. Ni este, ni el anterior, ni el siguiente, ni ninguno. 

Es efímero todo esto, en serio. Cuando dejes de negarte a aterrizar, te darás cuenta.