viernes, 8 de mayo de 2015

29

Podrías hablar, podrías pasar horas hablando, la verdad. Pero nadie pregunta. O sea, sí hay gente, sí preguntan, pero no por ti. A nadie le importa saber cómo te sientes tú. Tú que te sientes tan enferma, tan destruida, tan anonadada como el portador original.

Antes había un montón de gente pero el número va bajando, igual que la novedad. El morbo no dura mucho tiempo. Nadie quiere escuchar de tu falta de sueño, de la ansiedad, de las pesadillas.

Nadie quiere escuchar de tus miedos difíciles de desvanecer. Les recuerda demasiado a su propia mortalidad, a la mortalidad de la gente a su alrededor, de la posibilidad de que sean ellos en tu lugar. Nadie quiere eso. Tú tampoco querrías escucharlo, los juzgas pero no tanto.

Poco a poco, empiezas a ser tú la del morbo. Disfrutas compartirlo con un tono cínico a espectadores irrelevantes. Disfrutas dañarle la tarde a otros, disfrutas su sorpresa y su cara de susto, su falsa compasión que será olvidada en pocas horas. Disfrutas como, aunque sea por unos segundos, se ponen en tus zapatos de verdad, aunque no pregunten.

Y es que ¿con quién podrías compartir semejante afición? Por un rato y, aunque sea retorcido, el dolor se hace llevadero. El miedo se hace tu compañero. La ansiedad se deja tolerar.

No es tu culpa, no te juzgo, es que nadie pregunta.