sábado, 4 de abril de 2015

28

De toda la gente a la que le escribo a ti es a quien más pospongo. A la única que pospongo, de hecho. Bueno, no a la única, pero sí a la que más. 

Coño, Emi, es que de todas, tú siempre vuelves. 
Y no siempre vuelves como tú; vuelves diferente: con otros ojos, y otro pelo, y otro tono de voz. Me engañas una y otra vez pensando que no, pero sí, al final te reconozco. El truco no dura demasiado tiempo. Y cuando te descubro me desencanto. Tú me desencantas, Emi. 

Cada vez que apareces es igual.
Me encantas. Me encantas como nada que haya visto antes.
Pero no logro encajarte como un todo. 
Ahí estás, te veo, pero no eres del todo tú. Eres un ensamble de muchas cosas juntas: tú pequeña nariz de la ocasión, las pecas que decidiste usar esta vez en las mejillas, tus cejas demasiado delgadas. Me acuerdo de los detalles y ya. Como si fueras demasiado perfecta para mi limitada imaginación, como si no fuera digno de semejante recuerdo.
Luego empiezo a entender tu cara de nuevo y mi pequeño rompecabezas mental te reconoce. Y se va todo a la mierda, como siempre, otra vez.

Ese es el problema, Emi. Te busco en todas partes, te busco sin querer encontrarte pero sabiendo que vas a estar ahí. Eres un camaleón perverso que se niega a darme piedad. Que se deleita con mi sufrimiento, con mi dolor.

Tú no existes, Emiliana. Tú no eres real. Tú no eres real, ese 'yo' que me imagino contigo tampoco lo es. Y estoy cansado, estoy cansado de que aparezcas siempre.

Estoy cansado de intentar para que al final llegues con tu cara de malas noticias. Estoy cansado de hacerme ilusiones para que igual me aplastes el corazón. Estoy cansado de que juegues siempre conmigo y yo no me de cuenta, o quizás sí me de cuenta pero te lo permito igual.

Estoy cansado de que existas. Tú eres de mentira. Compórtate como alguien de mentira. Déjame. Basta.