domingo, 15 de marzo de 2015

27

Ay, Luciana.

Con Luciana todo era diferente. Era más complicado. Bueno, complicado no, en verdad era bien fácil, casi demasiado fácil. Era complicadamente fácil, era complicado lo fácil que era.

No ella, no. Luciana no era fácil. Era fácil la situación, nuestra situación. Eso era lo complicado.

Yo a Luciana la quería. La quería un montón, no para mí, yo no era egoísta, yo la quería y ya. Yo quería que Luciana fuera feliz.

Yo quería que Luciana se enamorara, que consiguiera algo que le gustara hacer, que se sintiera en paz consigo misma. Con otras personas, en otros lugares, con otras labores, lejos de mí si era necesario. Las emociones de Luciana eran las mías también y estaba dispuesto a todo para que siempre fueran cosas buenas las que cruzaran su camino.

A veces me imaginaba qué pasaría si algo entre nosotros hubiera sucedido, pero no tenía sentido. Luciana y yo no funcionábamos así. Éramos demasiado parecidos. Se hubiera ido al carajo todo. Tal vez en otra vida, en otro momento, en otro espacio, pero así no. Luciana no era para mí, ni yo era para ella tampoco.

Por eso la prefería así, no mía pero siempre cerca de mí.

Hubiera dado la vida por verla feliz, por hacerla sonreír, por saber que estaba bien. Yo no creo que Luciana me quisiera así, pero ajá. Era tan complicadamente fácil que ni correspondido tenía que ser el querer. 

A mí Luciana me tenía así y para mí funcionaba y yo no quería nada más. No quería ni que supiera lo mucho que la quería. No quería que sintiera que era una vaina especial. Las cosas son como son y ya. No hay que andarle dando muchas vueltas.

No todo es blanco y negro, Luciana y yo sabíamos eso. 

O al menos yo lo sabía.

A veces aún la extraño, a Luciana y a nuestro querer no (sólo a veces) compartido.