martes, 27 de enero de 2015

25

Ay, Estela, yo te veía todo el tiempo. Te veía en la mañana cuando desayunabas. Todos los días religiosamente un pan medio quemado con mantequilla y café, negro por el olor, hasta eso me llegaba, tú y tu café.

Te veía cuando salías a trabajar a las siete y media puntual para que no te agarrara la cola. Te veía prender el carro, te veía irte con el pelo aún húmedo de la ducha.

Te tenía cronometrada. A cinco para las siete de la tarde ya estaba otra vez en la ventana porque tú ya estabas por llegar. Menos los martes y jueves que ibas al yoga primero y llegabas como a las ocho y media con tu morralito discreto.

A esa hora te volvías a duchar y ahí también te veía. Pero es que tú nunca cambiaste esas cortinitas, Estela, y yo no te iba a decir nada, yo no podía quedar como un pervertido, no. Yo me preocupaba por ti, por eso te observaba, para estar seguro de que más nadie te estuviera viendo, yo te cuidaba, mi Estelita. Le echaba agua a las maticas en tu balcón si veía que se te estaba olvidando y siempre chequeaba que el correo te dejara las cosas en orden. Un tipo serio, preocupado, ca-ba-lle-ro.

Cuánto tiempo habré pasado pegado de la ventana, Estela. Queriendo ser parte de tu rutina, que me incluyeras aunque fuera de la manera más insignificante.

Tres veces a la semana me dejaba ver. Tampoco podía ser todos los días porque se hacía sospechoso, no. Tres veces a la semana en días diferentes siempre, para mantener lo nuestro casual, tú entiendes.

Cuánto habría dado por ser el vaso en el que te llevabas el café, el llavero sucio que habías usado por años para las llaves del carro, la suela del zapato que acababas de cambiar porque la anterior se había gastado. Todo eso hubiera sido, Estela, te lo juro, sin ningún rencor.

Cuánto habría dado por no tener que verte de lejos, por no tener que imaginarte viviendo aventuras sino acompañarte en ellas (y vivir algunas propias también). 

Muchas veces lo pensé, sí, pero me resigné. Es mucho más benevolente la realidad a través de tus ojos. O a través de mis ojos mirándote a ti.

Así es la vida a veces, Estelita. Gracias igual. Gracias por todo.