lunes, 14 de diciembre de 2015

35

Contigo nada puede salir mal, Eli.

Y no es que no deba, que tenga que andar con cuidado para que nada falle, no. Es que estoy plenamente convencido de que es imposible que algo salga mal.

Como lo veo yo, hay dos opciones: puedes ser realmente tú, o puede que representes eso para mí ahora –y vaya que necesito que alguien me lo recuerde. Honestamente, cualquiera de las dos está bien, en serio, las dos son igual de bonitas.

¿Ves, Eli? Tú me recuerdas que no he estado imaginando locuras durante todo este tiempo, tú me recuerdas que sí es posible, aunque no sea ahorita, aunque tome mil años, tú me recuerdas que sí se puede, que sí voy a poder.

Aunque al final no termines siendo tú sino alguien más, con otro nombre igual de armonioso, otra cara y otra manera de ver las cosas; siempre te recordaré con la nostalgia de la gente que fue valiosa.

Gracias, Eli. Gracias por ser esa persona. Gracias por no pensar que soy un demente, por seguirme la corriente, por no cuestionarme.

Gracias por refrescarme la vida sin siquiera saberlo o intentarlo, por darme otro respiro cuando siento que ya no puedo más.

Aunque al final no termines siendo tú sino alguien más, en este momento te agradezco como si lo fueras. Así como has estado; ni más, ni menos.

Ojalá que, aunque quizás no sea juntos, ambos consigamos lo que estamos buscando.

martes, 3 de noviembre de 2015

34

¿Sabes qué, Emi? No me arrepiento, te lo juro que no. Pero no pretendas que me sienta mal por todo esto. No pretendas que me sienta culpable por mi malestar. Como si tuviera que agregarle a mis pesares el tener que ocultarlos porque no son apropiados.

Yo no te pido que los veas, de hecho, agradecería que los dejaras solos. Sólo me siento bien siendo miserable en plena privacidad y, aunque tú no me vayas a interrumpir jamás, prefiero advertírtelo, por si acaso. Porque este amor es mío, Emi. De más nadie sino mío. Y yo hago con él lo que me de la gana, y tú no tienes que estar de acuerdo. Yo puedo ser infeliz si quiero.

Yo sólo te quería a ti, todo lo demás iba a ser un agregado. Las cosas que hacía para que tú notaras, mi trabajo, mis hobbies, las vainas que me gustan, tú no las ves y solas no son tan interesantes.

Creé toda una vida que pudiera gustarte a ti, para que la vieras y te provocara unirte, pero tú no estás interesada y mi fachada es muy arrecha como para tumbarla ahora.

No me hallo sin ti. No sé qué mierda hacer. Odio ser el tipo desesperado, por el que todos sienten lástima e incluso un poco de asco, el que recuerda a los demás que sus vidas no son tan perfectas como lo piensan.

Hubiéramos sido tan felices, Emi, te lo juro. Eso era todo lo que yo quería, hacerte feliz. Pero ahora estoy dudando que llegue a conseguirte alguna vez. Y si no te consigo ¿qué hago? ¿me consigo una nueva razón de ser? Resignarme a que no vas a venir nunca, a una vida eternamente sin ti es demasiado difícil. No puedo. No estoy listo. Déjame bloquearlo un rato, déjame seguirte imaginando en desconocidas a mi alrededor, déjame pretender que en algún momento sí tuvimos oportunidad de ser felices.

Déjame pretender que mi corazón no está hecho mil pedazos y que aún tengo una razón para salir todos los días. Déjame, Emi, sólo por un rato.










¿Pero sabes qué? No importa. No importa, Emiliana, en serio que no.

Porque inesperadamente he estado volviendo a ser quien soy y me di cuenta de que me extrañaba. Me extrañaba más de lo que te extrañaba a ti. 
Y es como haber vuelto al hogar, haber vuelto a quien soy. 
Y darme cuenta de que quien soy, no te necesita.
Que te puedes devolver por donde viniste porque no me voy a calar otro de tus desplantes. Otro de tus impulsos necios que quieren hacerme sentir mal. Estoy harto de ti y de tu egoísmo y de pretender que todo gire a tu alrededor. 

Ya no lloré más, Emi. Y no creo que llore tampoco.

lunes, 12 de octubre de 2015

III

Tranquilo, yo sé.

Yo sé que tú no sabes de las alarmas a las 4 de la mañana, ni de las siestas en salas de espera. Que no sabes de los lentes empañados ni de las bajadas de tensión por mi poco estómago.

Yo sé que no sabes del helado de yogur, de los paseos a ninguna parte, de los planes a futuro por pura distracción, ni del fin de semana en el que sólo comimos porquerías porque podíamos.

Yo sé que no sabes de la ansiedad y la preocupación permanentes, ni de los ataques de pánico disimulados, ni de los cigarros furtivos en escaleras de emergencia.

Yo sé que tu discurso de que tengo que ser fuerte y de que no es hora de llorar viene de un buen lugar, yo sé que no sabes que lo he escuchado al menos unas 20 veces más de personas diferentes. Yo sé que tú crees que estás ayudando.

Yo sé que crees que regañándome me voy a hacer más fuerte, que voy a entender mi nueva responsabilidad. Yo sé que no sabes que tengo años ya asumida, y que soy mucho más fuerte que tú, aunque te niegues a creerlo.

Pero tranquilo, yo sé que la ignorancia es atrevida.

domingo, 4 de octubre de 2015

33

Yo a ti podría tenerte, Fernanda. Sería fácil, tan fácil. 

Pero me aburre el asunto, me aburre tener que hacer algo yo. Yo quiero que tu resuelvas tú sola, que entiendas y hagas algo al respecto, yo quiero que tú me busques y que te denigres un pelo, pero sólo un pelo, nada muy notorio.

Pero tú no haces nada y yo soy muy orgulloso ¿sabes? Porque estoy convencido de que te estaría haciendo un favor y los favores, mi amor, hay que pedirlos y saber agradecerlos.

El problema ahora es que como tú no haces nada y yo tampoco, no quiero que te vayas a hacer ideas de que hago cosas para llamar tu atención. Porque yo el ridículo lo hago todo el tiempo, Fernanda, eso no tiene nada que ver contigo.

Mira, Fernandita, yo sé que tú quieres presentarme a tus amigas y exhibirme un rato en público; no me encanta la idea, pero yo soy un tipo colaborador. Amigos, nada de familia ni portaretratos con fotos de los dos para poner en mi casa.

Y unos dos meses, máximo. No más de eso. No seamos avaros.

Tú seguro te mereces a alguien mejor, Fernanda, y estoy seguro de que tú también lo sabes. Pero ni modo, sólo me tienes a mí.

Así que colabora, pana, que no tengo todo el día.

lunes, 31 de agosto de 2015

II

Hay cosas que nadie me dijo. 

Nadie me dijo que me haría más curiosa, más metiche, que consumiría más información irrelevante.
Nadie me dijo que me haría fan número uno de las conversaciones banales y que, aún así, todo me importaría menos. Nadie me dijo lo mucho que apreciaría a la gente que lo entiende.

Que las fechas importantes cambiarían. Que giraría entorno a un calendario diferente.

Siempre imaginé que habría un momento clave que sería mi fondo. Donde estaría tan mal que, no importa qué sucediera, no podría estar peor, y que después de ese momento me sentiría mejor. Lo imaginé un montón de veces, lo tenía asumido.

Nadie me dijo que ese fondo es de mentira. 

Que los días malos, los buenos, y los raros se mezclan, inadvertidos. 
Que cuando te confías y dejas de estar alerta, cuando estás desprevenido, ahí es cuando los días malos de verdad te joden.

Que, aunque tenga toda la información a mano, siempre habrá algo que cause incertidumbre.
Nadie me dijo que controlar la mayor cantidad de variables posibles no da certeza.
Nadie me dijo que la certeza no llega nunca.

Que eso de disfrutar más los momentos simples, de las pequeñas cosas, nadie me dijo que eso no llegaba solo. Que requiere un esfuerzo real.

Que no siempre se llora cuando se está triste.
Y que aunque se esté tranquilo, igual se vale llorar. 
Que tengo permiso universal de llorar las veces que me de la gana. 
Y que si no quiero llorar, no lloro.

lunes, 10 de agosto de 2015

32

No he logrado decidir qué es lo que más extraño del mar.

Creo que es el olor. Que huele a ti, como a playa, pero como a tanta gente más. El olor impersonal que remueve emociones como si le perteneciera a alguien, pero no.

Te extraño a ti con tu olor a mar, con tu atardecer en la mirada, con la calidez en los pies. Te extraño a ti y al mar y a todas las tardes que habían sido pero que ya no están siendo.

Te siento cerca, ahí mismito. Pero no estás. Eres como un recuerdo que he memorizado tan bien que no logro precisar hace cuánto tiempo sucedió en realidad, pero fue hace un montón y no quiero darme cuenta.

Quiero que sucedas todos los días, frente a mí. Con tu arena, con tu sol y con tu mar.
Quiero que mi ventana tenga vista hacia ti, para levantarme así, tempranito, todos los días. Mentira, tempranito tampoco, pero eso no importaría.
Quiero que no te vayas más nunca. Que no te vuelvas recuerdo otra vez. Que no me vuelva recuerdo yo contigo.

Siento que estoy pensando sólo en las cosas buenas que nos pasaron y que cuando nos reencontremos me daré cuenta de que en verdad la arena irrita, y que el agua salada sabe feo y jode el pelo, y que tanto sol solo produce males mayores, pero no me importa eso tampoco. 

Si no se recuerdan las cosas malas pues mejor tampoco invocarlas.

Quiero que estés en todas partes, que pasees conmigo y que compartamos nuestra felicidad con el mundo, porque no sabemos qué hacer con tanto, porque es necesario, porque parece ser infinito y me niego a verlo de otra manera.

No te acabes nunca, anda.
Apúrate, que llevo mucho rato solo, esperándote.

sábado, 25 de julio de 2015

31

Ese es tu mayor problema, María Cristina. Tú esperas demasiado de la gente, y no de alguna gente en particular, no, de todo el mundo, siempre.

Pero sobre todo de los tipos: los que están a tu alrededor, los que no te gustan pero a los que quieres gustarles y por los que te preocupas como si te gustaran de verdad, los que no estás segura de si te gustan y los que te gustan pero no te paran bolas. De esos tú esperas muchísimo más de lo que jamás va a pasar. 

Por eso es que te pasan las vainas. Por eso es que es sábado en la madrugada y estás enguayabada sola, escuchando música pavosísima, que al principio venía de la ventana de tu vecino pero que luego pusiste voluntariamente en el computador, garabateando vainas que jamás llegarán a ser arte y soltando unas lágrimas banales por gente que jamás te cogió.

Te haces ilusiones con el primer cretino que te mira bonito. Que en verdad no te estaba mirando bonito nada, sonreía porque tu vestido le recordó a la última tipa a la que llevó a un matadero en Plaza Venezuela ¡tremenda vaina! Y tú que te empeñas en tomártelo como una carta de amor del siglo XXI, haciendo pedazos la autoestima y dignidad que aún te queda.

Simpre te prometes que no lo vas a volver a hacer, que este tipo –que tampoco te para bolas– sí es diferente. Que es artístico, talentoso, sensible, que lo admiras un montón. Y mira, no. Ni el arte, ni el talento, ni la sensiblidad vienen por vestirse sólo de negro y lavar la ropa una vez al mes. Tampoco vienen del perico ni de la indisponibilidad emocional. Ni este, ni el anterior, ni el siguiente, ni ninguno. 

Es efímero todo esto, en serio. Cuando dejes de negarte a aterrizar, te darás cuenta.

viernes, 26 de junio de 2015

30

¿Ves, Emi? ¿Cómo te sigo buscando?

¿Cómo ignoro todo lo que sé? Mi capacidad de raciocinio, la mando al carajo y te busco igual. Me niego a creer que eres tú otra vez. Que sigues en el mismo plan burlón de siempre.

Te empeñas en desconcentrarme, Emiliana. Yo tengo cosas que hacer, cosas importantes. Tengo una vida que seguir, unas vainas que lograr, yo voy a ser un tipo bien exitoso. Pero tú estás ahí, en mi camino, distrayéndome otra vez.

Si no me vas a acompañar entonces quítate del medio, pana, porque esto así, así como está ahorita, no progresa.

No puedo. Y tú tampoco. No puedes andar en este plan.

Vete a hacer ese montón de cosas que la gente de mentira hace, lejos de mí ‐que no puedes realmente hacer pero que yo te puedo imaginar haciendo y aunque pierda el propósito de la actividad, nadie va a decir que no se hizo el intento.

Anda, dale. No va a funcionar, ya lo sabemos, pero por si acaso.

Me estás hundiendo, Emiliana.

Mírame. Te estás hundiendo tú y me estás llevando contigo. Y yo no me quiero hundir. 

Yo voy a ser un tipo de bien, yo tengo unas vainas importantes que lograr. Ya vas a ver.

domingo, 21 de junio de 2015

Ron con pasas para él, parchita para mí.

Mi papá es la persona más amable que conozco; y no es una competencia reñida, mi papá es el más amable por mucho, jamás nadie ha estado ni cerca de lo amable que es mi papá. También es el más paciente, creo que son cosas que van de la mano.

¿De las veces que me he tomado 10 o 15 minutos en salir de la casa porque no estaba lista? Ni siquiera lo menciona, sigue con su vida como si yo fuera un ser puntual y nada hubiera pasado. Acompaña mi indecisión sin la más ligera crítica. En ocasiones hemos cambiado de lugar para comer más de cuatro veces seguidas porque yo no estaba segura y él ha sonreído todo el camino. Me gustaría decir que fue un hecho aislado pero no, yo nunca sé qué comer, y él nunca se queja.

Mi papá no respeta el desayuno y puede comer lo que sea a las ocho de la mañana. Cuando estamos juntos eso no se hace porque el desayuno es sagrado y se come comida de desayuno, no pasticho con puré y ensalada. Él no entiende pero sonríe.

Mi papá habla pausado siempre y jamás levanta la voz. No importa qué esté pasando a su alrededor, nope, no sucede, nunca. En toda mi vida no recuerdo una sola vez en la que me haya gritado, que no quiere decir que no me haya regañado épicamente, pero no gritó. Una vez se molestó conmigo porque intenté, en su carro, tocarle corneta a una persona que nos hizo perder un semáforo por estar en el teléfono; pasamos cinco minutos fáciles ahí pero él ni se inmutó y mis intentos fueron frustrados.

Mi papá come salmón cada vez que puede y siempre que vamos a un restaurante venezolano pide una arepa con carne mechada para luego decir que no son como las de su tía. Nunca son como las de su tía. Nunca. Pero él no deja de intentar.

Mi papá hace chistes de papá y se ríe de ellos. Mi papá es republicano y ligeramente racista (pero súper a favor de los derechos LGBT). Varias veces discutimos por eso (yo genuinamente molesta, él sonriendo) pero después de cierta edad creo que la gente no cambia de parecer; todo el mundo tiene sus vainas, estoy intentando aceptar eso. Mi papá es un señor abuelo y, en verdad, nunca se mete con nadie.

Mi papá probablemente nunca lea esto, pero me pareció importante escribirlo.

Mi papá no es el mejor papá del mundo, pero lo está intentando y lo agradezco. Éste es el primer día del padre en el que genuinamente me gustaría estar compartiendo con él; cuando hablemos por teléfono seguro me va a preguntar si le mandé torta por DHL. 

"No, pa, pero cuando regrese podemos ir por helado".

Ron con pasas para él, parchita para mí.

domingo, 7 de junio de 2015

I

Resulta que las 5 etapas que suceden para llegar a aceptar una enfermedad (aunque no sea propia) son bastante similares a las 5 etapas del duelo.

Yo tenía 3 meses en negación. En negación que se sentía como aceptación pero que no lo era, era más negación aún.

Tengo esa sensación encima, esa que me dice que el 2015 va a ser el año más difícil de toda mi vida. Que puede ser o una premonición de mi yo visionario o una manera de convencerme de que las cosas no se pueden ir más a la mierda (que, hasta ahora, ha probado ser falso). No importa cuál de las dos sea, la sensación no se va. Y a este año todavía le quedan 7 meses.

La siguiente etapa es ira. La ira reventó (accidentalmente) la pantalla de mi computador hace un rato; podemos culpar a mercurio retrógrado que odia a los electrónicos y va a estar jodiendo una semana más pero, ajá, ya la negación pasó y las cosas hay que decirlas como son. Hay que recordar que siempre es posible estar un poquito más jodidos.

Me siento con el permiso moral de ser peor que antes, a portarme peor con la gente. Me gustaría decir que voy a intentar cambiar y detenerme, pero es mentira, no tengo ninguna intención de dejar de hacerlo y no voy a disculparme tampoco. Culpen a la ira. Y a la enfermedad de mierda. Creo que es necesario que quede claro que cuando se pasan por vainas así, el universo te da permiso de ser un poquito peor persona y yo mi permiso lo voy a usar completico. Culpen a la ira.

Si la etapa anterior me tomó 3 meses, acá me queda un tiempo. Las siguientes son igual de horrendas, así que no hay apuro.

El universo también te da permiso de ser más frontal; después de tantos golpes, algún beneficio tenía que haber. Te da permiso de ventilar tu vida en internet. Te da permiso de llorarle a desconocidos. Te da permiso de que lo anterior te sepa a mierda. 

Una de las recomendaciones para superar la ira es escribir un diario. Heme aquí. Intentando. Que conste que lo estoy intentando. Pero, mientras no funcione, culpen a la ira. Y a la enfermedad de mierda, siempre a la enfermedad de mierda.

viernes, 8 de mayo de 2015

29

Podrías hablar, podrías pasar horas hablando, la verdad. Pero nadie pregunta. O sea, sí hay gente, sí preguntan, pero no por ti. A nadie le importa saber cómo te sientes tú. Tú que te sientes tan enferma, tan destruida, tan anonadada como el portador original.

Antes había un montón de gente pero el número va bajando, igual que la novedad. El morbo no dura mucho tiempo. Nadie quiere escuchar de tu falta de sueño, de la ansiedad, de las pesadillas.

Nadie quiere escuchar de tus miedos difíciles de desvanecer. Les recuerda demasiado a su propia mortalidad, a la mortalidad de la gente a su alrededor, de la posibilidad de que sean ellos en tu lugar. Nadie quiere eso. Tú tampoco querrías escucharlo, los juzgas pero no tanto.

Poco a poco, empiezas a ser tú la del morbo. Disfrutas compartirlo con un tono cínico a espectadores irrelevantes. Disfrutas dañarle la tarde a otros, disfrutas su sorpresa y su cara de susto, su falsa compasión que será olvidada en pocas horas. Disfrutas como, aunque sea por unos segundos, se ponen en tus zapatos de verdad, aunque no pregunten.

Y es que ¿con quién podrías compartir semejante afición? Por un rato y, aunque sea retorcido, el dolor se hace llevadero. El miedo se hace tu compañero. La ansiedad se deja tolerar.

No es tu culpa, no te juzgo, es que nadie pregunta.

sábado, 4 de abril de 2015

28

De toda la gente a la que le escribo a ti es a quien más pospongo. A la única que pospongo, de hecho. Bueno, no a la única, pero sí a la que más. 

Coño, Emi, es que de todas, tú siempre vuelves. 
Y no siempre vuelves como tú; vuelves diferente: con otros ojos, y otro pelo, y otro tono de voz. Me engañas una y otra vez pensando que no, pero sí, al final te reconozco. El truco no dura demasiado tiempo. Y cuando te descubro me desencanto. Tú me desencantas, Emi. 

Cada vez que apareces es igual.
Me encantas. Me encantas como nada que haya visto antes.
Pero no logro encajarte como un todo. 
Ahí estás, te veo, pero no eres del todo tú. Eres un ensamble de muchas cosas juntas: tú pequeña nariz de la ocasión, las pecas que decidiste usar esta vez en las mejillas, tus cejas demasiado delgadas. Me acuerdo de los detalles y ya. Como si fueras demasiado perfecta para mi limitada imaginación, como si no fuera digno de semejante recuerdo.
Luego empiezo a entender tu cara de nuevo y mi pequeño rompecabezas mental te reconoce. Y se va todo a la mierda, como siempre, otra vez.

Ese es el problema, Emi. Te busco en todas partes, te busco sin querer encontrarte pero sabiendo que vas a estar ahí. Eres un camaleón perverso que se niega a darme piedad. Que se deleita con mi sufrimiento, con mi dolor.

Tú no existes, Emiliana. Tú no eres real. Tú no eres real, ese 'yo' que me imagino contigo tampoco lo es. Y estoy cansado, estoy cansado de que aparezcas siempre.

Estoy cansado de intentar para que al final llegues con tu cara de malas noticias. Estoy cansado de hacerme ilusiones para que igual me aplastes el corazón. Estoy cansado de que juegues siempre conmigo y yo no me de cuenta, o quizás sí me de cuenta pero te lo permito igual.

Estoy cansado de que existas. Tú eres de mentira. Compórtate como alguien de mentira. Déjame. Basta.

domingo, 15 de marzo de 2015

27

Ay, Luciana.

Con Luciana todo era diferente. Era más complicado. Bueno, complicado no, en verdad era bien fácil, casi demasiado fácil. Era complicadamente fácil, era complicado lo fácil que era.

No ella, no. Luciana no era fácil. Era fácil la situación, nuestra situación. Eso era lo complicado.

Yo a Luciana la quería. La quería un montón, no para mí, yo no era egoísta, yo la quería y ya. Yo quería que Luciana fuera feliz.

Yo quería que Luciana se enamorara, que consiguiera algo que le gustara hacer, que se sintiera en paz consigo misma. Con otras personas, en otros lugares, con otras labores, lejos de mí si era necesario. Las emociones de Luciana eran las mías también y estaba dispuesto a todo para que siempre fueran cosas buenas las que cruzaran su camino.

A veces me imaginaba qué pasaría si algo entre nosotros hubiera sucedido, pero no tenía sentido. Luciana y yo no funcionábamos así. Éramos demasiado parecidos. Se hubiera ido al carajo todo. Tal vez en otra vida, en otro momento, en otro espacio, pero así no. Luciana no era para mí, ni yo era para ella tampoco.

Por eso la prefería así, no mía pero siempre cerca de mí.

Hubiera dado la vida por verla feliz, por hacerla sonreír, por saber que estaba bien. Yo no creo que Luciana me quisiera así, pero ajá. Era tan complicadamente fácil que ni correspondido tenía que ser el querer. 

A mí Luciana me tenía así y para mí funcionaba y yo no quería nada más. No quería ni que supiera lo mucho que la quería. No quería que sintiera que era una vaina especial. Las cosas son como son y ya. No hay que andarle dando muchas vueltas.

No todo es blanco y negro, Luciana y yo sabíamos eso. 

O al menos yo lo sabía.

A veces aún la extraño, a Luciana y a nuestro querer no (sólo a veces) compartido.

lunes, 16 de febrero de 2015

26

No puedo escribir la misma carta dos veces, no te puedo repetir lo mismo una y otra vez ¿tú ves? Si no te escuchas, jeva, entonces no hay nada que yo pueda hacer.

No es que no te respetes, no me malinterpretes, es que te encanta equivocarte en la misma vaina una y otra y otra y otra vez.

No es que te equivoques, no me malinterpretes, es que confías en la misma clase de gente. Es que te fijas en la misma clase de gente. Es que cometes conscientemente los mismos errores. 

Y si son conscientes los errores entonces no es equivocación, es masoquismo.

Eso, jeva, masoquismo. Esa absurda necesidad de buscar dolor en donde no lo hay, te encanta. Te encanta estar rodeada de problemas, de situaciones incómodas que cuando ideaste sabías que no ibas a poder manejar, de gente que sabías te iba a tratar mal incluso antes de cruzar la primera palabra, te encanta.

Te encanta hacerte sentir miserable. Vives como una niñita malcriada clase media, en tu burbujita de privilegios, inconforme con el mundo, inventando problemas en el aire. Tú eres miserable porque creas situaciones en el aire que te hacen sentir miserable. Tú te hiciste miembro oficial de la gente miserable por elección, bien patético, si mi opinión importa algo en todo esto.

Te alimentas de ellas, las buscas y te aburres un montón si se te acaban, ahí sí eres miserable de verdad. Cuando se te acaban los problemas de mentira tienes que afrontar los de verdad, los que llevas años ignorando, por los que no quieres llorar, en los que has estado evitando pensar. Es el ocio, jeva, eso es todo. Pero hay muchos hobbies mucho menos sacrificados, te comento.

No me hagas sentir pena por ti.

Por nosotras.

Porque no lo estás logrando.

martes, 27 de enero de 2015

25

Ay, Estela, yo te veía todo el tiempo. Te veía en la mañana cuando desayunabas. Todos los días religiosamente un pan medio quemado con mantequilla y café, negro por el olor, hasta eso me llegaba, tú y tu café.

Te veía cuando salías a trabajar a las siete y media puntual para que no te agarrara la cola. Te veía prender el carro, te veía irte con el pelo aún húmedo de la ducha.

Te tenía cronometrada. A cinco para las siete de la tarde ya estaba otra vez en la ventana porque tú ya estabas por llegar. Menos los martes y jueves que ibas al yoga primero y llegabas como a las ocho y media con tu morralito discreto.

A esa hora te volvías a duchar y ahí también te veía. Pero es que tú nunca cambiaste esas cortinitas, Estela, y yo no te iba a decir nada, yo no podía quedar como un pervertido, no. Yo me preocupaba por ti, por eso te observaba, para estar seguro de que más nadie te estuviera viendo, yo te cuidaba, mi Estelita. Le echaba agua a las maticas en tu balcón si veía que se te estaba olvidando y siempre chequeaba que el correo te dejara las cosas en orden. Un tipo serio, preocupado, ca-ba-lle-ro.

Cuánto tiempo habré pasado pegado de la ventana, Estela. Queriendo ser parte de tu rutina, que me incluyeras aunque fuera de la manera más insignificante.

Tres veces a la semana me dejaba ver. Tampoco podía ser todos los días porque se hacía sospechoso, no. Tres veces a la semana en días diferentes siempre, para mantener lo nuestro casual, tú entiendes.

Cuánto habría dado por ser el vaso en el que te llevabas el café, el llavero sucio que habías usado por años para las llaves del carro, la suela del zapato que acababas de cambiar porque la anterior se había gastado. Todo eso hubiera sido, Estela, te lo juro, sin ningún rencor.

Cuánto habría dado por no tener que verte de lejos, por no tener que imaginarte viviendo aventuras sino acompañarte en ellas (y vivir algunas propias también). 

Muchas veces lo pensé, sí, pero me resigné. Es mucho más benevolente la realidad a través de tus ojos. O a través de mis ojos mirándote a ti.

Así es la vida a veces, Estelita. Gracias igual. Gracias por todo.