domingo, 16 de marzo de 2014

De volanteos

Ayer salí con un grupo pequeño a volantear. Sólo teníamos 400 volantes así que entre cuatro personas decidimos que estábamos bien; ninguno había participado en una actividad parecida antes, así que no sabíamos muy bien qué esperar. Tenía amigos que me habían advertido que me iban a llamar sifrina-majunche-golpista, me había preparado mentalmente y me había colmado de paciencia, porque esos volantes no regresaban a mi casa.

Las recomendaciones eran no hablar con la gente, sólo entregar los volantes, buenos días, buenas tardes y ya. No sé si fue que tuvimos suerte, si el fin de semana de quincena tenía a la gente de buen humor o que de verdad el venezolano en general es una persona muy fina, esa es la versión que me gusta pensar, y es que en verdad ayer nos fue muy bien.

Nos paramos en toda la salida del metro de Plaza Venezuela que da al Boulevard de Sabana Grande, sonriendo con la línea “hola, buenas tardes” no tuvimos grandes inconvenientes. A alguien que pasaba se le ocurrió comentarme que yo era *insulto que nunca recuerdo*, algo relacionado con EEUU, le sonreí, "señor, mi papá es de Yaritagua y mi mamá de un pueblo del sur del Lago, yo de gringa no tengo ni el nombre". Si hubo algo de hostilidad, en seguida pasó. La gente al principio estaba medio aprehensiva, pero como los volantes decían grande “¿por qué se protesta?” apenas leían y veían nuestra actitud, nos sonreían, lo tomaban y se iban.

No hablé con muchas personas, hubo una señora en particular que estaba sentada con su puestico en la entrada de la estación, me pidió que me arrimara un poco porque le tapaba la visibilidad del negocio y se quedó hablando conmigo, me contó que llevaba años trabajando ahí, siendo buhonera. 

-¿Tú eres clase media? -le respondí que sí.

-Yo también soy clase media, gracias a Chávez y al gobierno.

¿Y qué iba a responder yo ante una afirmación tan cierta como esa?

Es verdad que el gobierno perjudicó a muchísimas personas, que le negó a mi mamá más de un trabajo por estar en la dichosa y ya difunta lista de Tascón, pero es imposible negar que también ayudó a muchos a llegar hasta donde están.

-Yo podría estar haciendo otra cosa, pero a mí me gusta trabajar acá. Trabajo para que mi chamo estudie, para que pueda ir a la universidad y no tenga que estar pasando sol todos los días.

Estuvimos rato hablando con ella, defendió muchas cosas del gobierno pero también criticó; le conté que mucho sureste y mucho todo pero que de este lado también se hacían colas de tres horas para comprar harina pan. Contó que por su casa en San Martín habían intentado trancar una calle pero que la barricada no funcionó y en seguida la quitaron.

-Mira como tienen a esa pobre gente de Altamira, vuelto un rancho la calle, los pobres vecinos ahogándose con los gases.

-Pero es que hay mucha gente loca de los dos lados, que alborota todo. Mire lo que pasó en la Católica, a tanto chamo que ha ayudado la universidad y vienen unos colectivos a soldar la entrada que da a la estación de metro- le digo.

-Eso sí es verdad, no tienen por qué meterse con las universidades. Por eso es que los están metiendo presos, para eso está la Guardia, para controlar.

-Han metido presos a puuuuros estudiantes desarmados, ni una sola arma les han conseguido encima, los han tratado horrible, hay hasta torturados, mientras que los que andan por ahí buscando aprovecharse de la situación siguen libres.

-Ay chama, en estos desastres siempre pagan justos por pecadores- me dijo resignada. Cuánta sabiduría junta.

Mientras hablábamos llegó un señor cojeando, se saludaron con confianza. Se extrañó de verlo así y le preguntó que qué le pasaba.

-Es que andaba en Casarapa y me metieron un tiro.

Lo dijo con tanta naturalidad que todos los que estábamos nos guardamos nuestra cara de sorpresa.

-¿Ves lo que te digo, chama? La inseguridad nos está jodiendo a todos.

-Y sin importar de qué lado estemos- le respondí.

Nos quedamos un rato más con ella. Echó los cuentos de su chamo, de su puesto y de cómo no estaba de acuerdo con todo el show racial que se montaba la gente de vez en cuando. “Yo soy negra y mi chamo catire, ¿qué tiene que ver eso con ser pobre o rico? ¿qué importa eso?”. Hablamos de la UCV, de los vigilantes y de Leopoldo. Decidí que era mejor hablar de las cosas que sí veíamos igual, aquellas que nos unían y no aquellas que nos hacían diferentes; la dejé criticar un rato y ella también escuchó.

Al final nos felicitó. “Yo sí soy chavista, mi amor, pero los felicitó por esto que ustedes están haciendo. Están acá, entregando sus papeles y hablando con la gente. Esto es lo que se necesita: diálogo, debate como el que estamos teniendo nosotros acá ahorita; ejerciendo su derecho pacíficamente, sin meterse con nadie”.
Todo el rato hubo una patrulla de la PNB cerca de nosotros, pero ni nos miraron, me gusta creer que si hubieran intentado algo, la gente nos habría defendido.


Nos prometimos volver pronto a repartir más, a escuchar a más gente y a seguir informando.