lunes, 16 de septiembre de 2013

Chemises genéricas y chalequitos rancios

No pasé mucho tiempo trabajando en ese banco, fueron como dos meses que se sintieron como dos años, no mucho más. Creo que lo que más recuerdo de ese tiempo maligno fue poder atenderla dos veces a la semana.

Martes y jueves venía siempre, a hacer los depósitos de una tienda que yo no conocía, que quedaba en una zona de Caracas que tampoco conocía. Nunca entendí por qué se venía tan lejos al banco, siempre asumí que era porque vivía por acá. Me gustaba esa idea. Me gustaba la posibilidad de que viviéramos cerca, de encontrármela un día por la calle y que se acordara de mí.

Siempre llegaba en su uniforme: una de esas chemises genéricas bordadas y pantalones de colegio que no favorecen a nadie. Con su pelito liso y negro, casi siempre en una trenza que le caía en los hombros. Siempre tan jodidamente bonita. 

Me sabía su cumpleaños y su nombre completico, había visto su cédula infinidad de veces. Iba todos los martes y los jueves, sin pelarse ninguno, a las cinco de la tarde puntual como un clavel; como si el metro no la afectara, ni el tráfico de mierda, ni los autobuses hasta el culo de gente. Llegaba bonita, oliendo a naranja y sequita. Una de las ventajas de trabajar en un banco pequeño era que con dos cajeros, a esa hora casi siempre estaba yo solo y podía por lo menos verla más de cerca.

Ya nos conocíamos, ya me saludaba. No creo que se supiera mi nombre pero me gustaba imaginar que sí, que me recordaba y que pensaba en mí cuando no me veía, casi tanto como yo pensaba en ella. 

Un día me hice una resolución. Movido por mi propia ilusión infantil me convencí de que era una buena idea invitarla a salir, pedirle su número. -No soy un carajo bonito pero tengo encanto, no joda -me repetí unas cuantas veces para agarrar valor. Había pensado en llevarle una flor porque se acercaba su cumpleaños, que pendejo y cursi, menos mal que esa parte la eliminé del plan. Tenía todo cuadrado meticulosamente. 

Esa jeva jamás en su vida va a imaginarse el delirio que me hizo pasar. El lunes no comí, no podía ni ver comida, se me descompuso todo, se me descompuso la vida; cagué dos veces ese día, que vaina tan antinatura. Si hubiera tenido hemorroides, por lo más sagrado de mi vida que se me hubieran salido, si hubiera tenido una úlcera se hubiera duplicado, los vómitos verdes de Florentino Ariza se hubieran quedado pendejos. No dormí nada, pasé horas dando vueltas en la cama, imaginando cómo me decía que sí y cuadrábamos un plancito bonito para su cumpleaños, un helado los dos y luego una tortica en su casa.

Me levanté esa mañana en el chasis pero resuelto, después de tanto puto sufrimiento no era hora de echarme para atrás. Me puse el pantalón, la camisa, la corbata fea, los zapatos gastados y el chalequito ese rancio del uniforme, cuanto odiaba a ese chalequito de mierda pero hoy estaba feliz de ponérmelo. Me eché perfume, me afeité y me peiné, nunca un cajero de banco se había visto tan presentable como yo; pensé en comprar la flor en el camino pero me arrepentí: se me iba a marchitar durante el día, iba a tener que explicarle la vaina a todo el mundo y la carajita iba a pensar que tenía todo planeado desde hace tiempo, que no era mentira pero yo no quería que lo supiera.

Ese día se hicieron las 4:50 p.m. y ya yo estaba listo. Se hicieron las 4:55 p.m. y sudaba frío pero estaba emocionado; se hicieron las 5:00 p.m. pero no llegó. Se hicieron las 5:30 p.m. pero no llegó. Se hicieron las 6:00 p.m. pero no llegó. Fue hora de cerrar pero no llegó, me fui arrecho con el mundo. Me quité la corbata de un jalón, me monté en el metrobús caliente, del vapor multitudinario y de lo que asumí melancólicamente era depresión colectiva. Me arreché más en el camino, me bajé de esa mierda e hice el resto del recorrido a mi casa caminando como un perro casero, perdido y triste, dando lástima por ahí.

El jueves tampoco fue. Renuncié poco después, igual el banco ese me daba náuseas. Pasé un tiempito desempleado hasta terminar en otro banco, menos deprimente pero igual de impersonal. Pasé otro tiempito rezando e invocándola en la calle con fervor, cruzando los dedos para que coincidiéramos en el metrobús, rogando que fuéramos vecinos, que compráramos cigarros baratos en el mismo kiosko o pan canilla con el mismo portugués. Luego me resigné a recordarla de vez en cuando y fantasear con que al menos si algún día me la encontraba, se acordaría de mí. Pero no fue.

Esa jeva jamás en su vida va a imaginarse el delirio que me hizo pasar.