lunes, 24 de junio de 2013

Paco y Salvador

A mi madrina le encantaba echar el cuento de Paco, nunca supe si era cierto pero lo escuchaba una y otra vez. 

Paco había sido un perdedor toda su vida. Hijo de esos inmigrantes españoles que llegaron pelando bolas al país y que lograron sobrevivir, pero nunca formaron parte de la élite europea exiliada; había nacido en Sevilla pero se había ido a los 4 años cuando sus papás decidieron probar suerte en Venezuela y más nunca volvió. A pesar de haber vivido toda su vida en Carúpano, se decía español e inclusive hablaba con un acento fingido para que la gente le creyera; mi madrina sólo para molestarlo, decía que había sido cubana en otra vida y cambiaba su acento también, así andaban los dos y así se jodían la paciencia. 

Pobrecito Paco, había nacido en la época equivocada, se había casado joven para mantener las apariencias pero siempre fue de esos tipos entregadamente gays, de los que no podían ocultarlo; era evidente, lo sudaba. Eran tiempos más ingenuos, sí, pero mi madrina siempre decía que esa mujer tenía que haber nacido ciega para no haberse dado cuenta. Igual el matrimonio no duró mucho, para futura felicidad de ambos.

Después de divorciarse decidió salir del pueblo e irse a Macuto, “a ver mundo” decía, ahí fue cuando mi madrina lo conoció. Ella ayudaba en la tardes en la pensión de su familia y él pasó meses hospedado esperando a que las musas lo iluminaran; fumando cigarros baratos que compraba en la esquina, viendo a Carlos Andrés hablar pendejadas en blanco y negro, y comprando baratijas ocasionales en un ropero cercano. Rogando que algo bueno le pasara; una sola cosa buena, coño, una. 

–No sé de dónde sacaba la plata, pero en eso se la gastaba. Lo que pagaba por el cuarto fijo, cigarros de quinta y pendejadas –recordaba ella siempre. 

El ropero era un sitio descuidado pero con buenas intenciones. Llegaban ahí los cachivaches que ya nadie quería y las pertenencias de los viejos millonetas que fallecieran por esos días; Paco compraba ahí casi toda su ropa, adornos para la casa que tenía olvidada en Carúpano e incluso un par de muebles que le habían dejado guardar en el sótano de la pensión. 

Hubo una época en la que le dio por comprar cuadros, se decía gran conocedor de arte y en el ropero casi todos los que llegaban se quedaban estancados por falta de interés; le pedía a mi madrina que los colgara en la pensión mientras él estaba allí para que “alguien les echara un ojo de vez en cuando”, no sonaba como una solicitud demasiado desquiciada así que nadie le peleaba y colgaban sus cuadros al lado de esquinas solitarias. Tenía unos cuatro o cinco colgados por el edificio, sin molestar a nadie, esperando a que alguien les echara el ojo de vez en cuando, como el español había prometido. 

La pensión siempre estaba llena: turistas y huéspedes fijos, extranjeros y locales, gente culta y analfabetas funcionales; que surreal el día en que uno de ellos decidió interesarse por un cuadro de Paco. 

–Disculpe miss, pero ¿dónde comprar esta painting? –le machucó un día a mi madrina un gringo insolado.
–Usted debe ser huge Dalí fan ‘cause I’ve never seen this before, parece un boceto.
–No, no, usted debe estar confundido, esto no es de Dalí nada– le respondió mi madrina de mala gana.
–Pero miss, look at the signature and the stamp ahí, esto es un original. Si no lo quiere I’ll buy it!
Mi madrina se acercó al cuadro y verificó lo que le decía aquel extraño.
–Mire señor, ya yo le dije que esto no es Dalí un coño, ahora váyase a joder a otra parte que yo estoy muy ocupada. 

Imaginar su cara de asombro en ese momento siempre me hacía soltar la carcajada. –Yo pensé que el gringo ese me estaba jodiendo, cuando me acerqué y me di cuenta descolgué el cuadro, mandé al gringo al carajo y corrí a esconderlo –se reía años después. 

Paco había salido a comprar cigarros pero no tardó en escuchar del espectáculo del cuadro, de hecho, cuando llegó a la pensión ya el gringo se había enterado de que él era el dueño y estaba listo para ofrecerle compra, pero Paco se negó.
–Mire tío que yo se lo agradezco mucho pero a mí me gusta mi cuadro y no se lo vendo a nadie –sentenció. 

Ese fue solo uno de los muchos intentos de compra que fracasaron en los días siguientes, la voz siempre se corre como pólvora en los pueblos turísticos. Fueron muchísimos expertos de arte y muchos otros oportunistas, todos ofreciendo sumas increíbles de dinero por aquel tesoro pero el español no recibió a ninguno; mi madrina intentaba hacerlo razonar pero al tipo le gustaba aquel caballo que salía en su cuadro y decía que bajo ningún concepto iba a dejar que se lo quitaran. "Ni de coña, esto lo he comprado yo y nadie va a venir a quitármelo, así el pintor sea Dios mismo", y mira, así fue. 

Paco no pasó mucho tiempo más en la pensión, a los pocos meses decidió regresarse a Carúpano; con sus cigarros baratos, los adornos y muebles recolectados, la ropa usada por más tiempo del necesario y su cuadro de Dalí. 

Después de eso mi madrina lo vio un par de veces, una vez que él volvió de visita a la pensión a mediados de los noventa, justo antes del deslave, para presentarle a su pareja y otra vez que ella decidió ir a visitarlos hace como dos años. Llegó a una casita en las afueras de Carúpano, humilde por fuera pero bonita por dentro, con las paredes de la sala pintadas de azul mar y en la pared más grande, sólo y centrado, el eterno cuadro del caballo, el de Salvador. 

Paco sólo había pedido una cosa buena, una sola coño, y ahora la tenía colgada en la sala de su casa para que todo el mundo la pudiera admirar.