domingo, 29 de diciembre de 2013

Del 2013

Este año empecé a estudiar Letras.
Empecé a estudiar Cine.
Escribí (menos de lo que quería).
Grabé mi primer (intento de) corto.
Lloré.
Aprendí.
Maduré.
La cagué (en grande).
Besé.
Acepté.
Amé.
Extrañé.
Lloré.
Probé las fresas (y me enamoré).
Probé la tocineta.
Probé el kiwi.
Probé las aceitunas.
Intenté apreciar las birras (pero no lo logré).
Perdoné.
Compré más libros de los que leí.
Vi más películas de lo que pensé.
Cerré (creo) capítulos.
Lloré.
Hice mil vainas estúpidas en general.
Crecí.

Muchas gracias, 2013, fuiste difícil pero muy necesario.
Perdón, blog. Prometo desaparecer menos el año que viene.

El 2014 va a ser súper bonito.

Punto.

domingo, 3 de noviembre de 2013

21

Quiero contarte de la universidad. Y de la escuela. Quiero contarte de las dos y de cómo vivo diciendo que ando súper full pero llevo dos semanas viendo Happy Endings cada vez que tengo chance.

Quiero contarte de mis sobrinos, de lo mucho que los extraño siempre y de cómo cuando veo bebés en la calle me da por comentar con las mamás que mis sobrinos tienen la misma edad y están grandísimos.

Quiero contarte de mi rayito, de cómo mis hermanas no saben, de la cara que van a poner cuando lo vean y de cómo se les va a pasar (espero) a los diez minutos. Quiero contarte de mis hermanas y de mis hermanos también.

Quiero contarte de Ismael, de Cheo, de Platón, de Aristóteles y de Lucía. De aquella fase epistolar que tuve que, realmente, nunca se acabó. De todos los libros que están sin leer en mi escritorio y de la montaña gigante que hacen, de todo el polvo acumulado que tienen y de cómo Víctor Simón dice que eso les da prestigio.

Quiero contarte de cómo M.I.A. y Santigold me hacen querer ser hindú o árabe perseguida-minoría, y de lo mal que sé que suena esa frase cada vez que la digo (todo el tiempo).

Quiero contarte del cuaderno azul y de la libretita roja.

Quiero contarte de Andrés, pero siempre en tiempo pasado.

Quiero contarte y después escuchar atenta para que tú empieces a contar.

lunes, 14 de octubre de 2013

lunes, 16 de septiembre de 2013

Chemises genéricas y chalequitos rancios

No pasé mucho tiempo trabajando en ese banco, fueron como dos meses que se sintieron como dos años, no mucho más. Creo que lo que más recuerdo de ese tiempo maligno fue poder atenderla dos veces a la semana.

Martes y jueves venía siempre, a hacer los depósitos de una tienda que yo no conocía, que quedaba en una zona de Caracas que tampoco conocía. Nunca entendí por qué se venía tan lejos al banco, siempre asumí que era porque vivía por acá. Me gustaba esa idea. Me gustaba la posibilidad de que viviéramos cerca, de encontrármela un día por la calle y que se acordara de mí.

Siempre llegaba en su uniforme: una de esas chemises genéricas bordadas y pantalones de colegio que no favorecen a nadie. Con su pelito liso y negro, casi siempre en una trenza que le caía en los hombros. Siempre tan jodidamente bonita. 

Me sabía su cumpleaños y su nombre completico, había visto su cédula infinidad de veces. Iba todos los martes y los jueves, sin pelarse ninguno, a las cinco de la tarde puntual como un clavel; como si el metro no la afectara, ni el tráfico de mierda, ni los autobuses hasta el culo de gente. Llegaba bonita, oliendo a naranja y sequita. Una de las ventajas de trabajar en un banco pequeño era que con dos cajeros, a esa hora casi siempre estaba yo solo y podía por lo menos verla más de cerca.

Ya nos conocíamos, ya me saludaba. No creo que se supiera mi nombre pero me gustaba imaginar que sí, que me recordaba y que pensaba en mí cuando no me veía, casi tanto como yo pensaba en ella. 

Un día me hice una resolución. Movido por mi propia ilusión infantil me convencí de que era una buena idea invitarla a salir, pedirle su número. -No soy un carajo bonito pero tengo encanto, no joda -me repetí unas cuantas veces para agarrar valor. Había pensado en llevarle una flor porque se acercaba su cumpleaños, que pendejo y cursi, menos mal que esa parte la eliminé del plan. Tenía todo cuadrado meticulosamente. 

Esa jeva jamás en su vida va a imaginarse el delirio que me hizo pasar. El lunes no comí, no podía ni ver comida, se me descompuso todo, se me descompuso la vida; cagué dos veces ese día, que vaina tan antinatura. Si hubiera tenido hemorroides, por lo más sagrado de mi vida que se me hubieran salido, si hubiera tenido una úlcera se hubiera duplicado, los vómitos verdes de Florentino Ariza se hubieran quedado pendejos. No dormí nada, pasé horas dando vueltas en la cama, imaginando cómo me decía que sí y cuadrábamos un plancito bonito para su cumpleaños, un helado los dos y luego una tortica en su casa.

Me levanté esa mañana en el chasis pero resuelto, después de tanto puto sufrimiento no era hora de echarme para atrás. Me puse el pantalón, la camisa, la corbata fea, los zapatos gastados y el chalequito ese rancio del uniforme, cuanto odiaba a ese chalequito de mierda pero hoy estaba feliz de ponérmelo. Me eché perfume, me afeité y me peiné, nunca un cajero de banco se había visto tan presentable como yo; pensé en comprar la flor en el camino pero me arrepentí: se me iba a marchitar durante el día, iba a tener que explicarle la vaina a todo el mundo y la carajita iba a pensar que tenía todo planeado desde hace tiempo, que no era mentira pero yo no quería que lo supiera.

Ese día se hicieron las 4:50 p.m. y ya yo estaba listo. Se hicieron las 4:55 p.m. y sudaba frío pero estaba emocionado; se hicieron las 5:00 p.m. pero no llegó. Se hicieron las 5:30 p.m. pero no llegó. Se hicieron las 6:00 p.m. pero no llegó. Fue hora de cerrar pero no llegó, me fui arrecho con el mundo. Me quité la corbata de un jalón, me monté en el metrobús caliente, del vapor multitudinario y de lo que asumí melancólicamente era depresión colectiva. Me arreché más en el camino, me bajé de esa mierda e hice el resto del recorrido a mi casa caminando como un perro casero, perdido y triste, dando lástima por ahí.

El jueves tampoco fue. Renuncié poco después, igual el banco ese me daba náuseas. Pasé un tiempito desempleado hasta terminar en otro banco, menos deprimente pero igual de impersonal. Pasé otro tiempito rezando e invocándola en la calle con fervor, cruzando los dedos para que coincidiéramos en el metrobús, rogando que fuéramos vecinos, que compráramos cigarros baratos en el mismo kiosko o pan canilla con el mismo portugués. Luego me resigné a recordarla de vez en cuando y fantasear con que al menos si algún día me la encontraba, se acordaría de mí. Pero no fue.

Esa jeva jamás en su vida va a imaginarse el delirio que me hizo pasar.

jueves, 22 de agosto de 2013

Incomodidades

Estoy en el internista. Consulta de rutina, nada serio. Sala de espera, escucho una voz sin prestar demasiada atención:

-¿Le gustaría realizarse una endoscopia de rutina? Por si acaso...
-Bueno- respondo, sin pensarlo.

¡¿Quién mierda se hace una endoscopia de rutina?! Me regaño mentalmente a los cinco segundos cuando asimilo lo que acaba de pasar, pero ahora no hay vuelta atrás; si existe en el mundo algo más incómodo que mi verborrea carente de sentido o coherencia, lejana a la realidad, es tener que explicarla.

No hay manera de que mi firme -bueno- sea cambiado por otra respuesta, quedaría como una lunática; aún más lunática que cuando acepté con tanta naturalidad un examen por el estilo a cuenta de que es rutinario.

Bueno ni modo, me resigno, una endoscopia de vez en cuando nunca está de más.
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Estoy en el pasillo. Es demasiado temprano. Veo al vacío porque a esta hora soy una inepta social y no me sale del forro hablar con gente que no conozco. En situaciones así me gusta pasar desapercibida, sobre todo con gente que veo todos los días, sobre todo con aquel tipo bañado en sangre de unicornio al que le pongo cara de ponchada todos los días.

En el vacío se asoma la silueta y mi mirada sigue fija, pero mi cara de ponchada aún no se asoma.

La silueta se convierte en forma coherente a una distancia no tan lejana.

Ya no veo al vacío, veo gotear la sangre de unicornio pero esta vez no pongo cara, esta vez sonrío... sonrío como una tarada.

Me devuelven una sonrisa incómoda que se va.

Empiezo a odiarme muy en el fondo, porque nadie en el puto mundo pone semejante cara y porque ya no puedo dessonreír. Ahora seré recordada por siempre como la jeva incómoda que sonríe; no, no, no, que sonríe no, que sonríe como una tarada.
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Estoy en clases. Escucho a alguien hablar a lo lejos mientras planeo la ruta por la que me voy a regresar en hora pico, desde donde se enchufa el sol hasta donde se devuelve el viento. El profesor hace preguntas y yo estoy justo en el medio del salón, confío en que debería poder pasar inadvertida.

-¿Cuántos libros te lees al mes?
-Tres o cuatro- Me escucho responder y me asombro, como si alguien más estuviera hablando.
-Wow, eso es muchísimo.
Mantengo mi cara de seriedad, no puedo delatarme ahora. 

¡De bolas que es muchísimo! ¿De pana hay gente que usa dignamente su tiempo de esa manera? Seguro algún prodigio; en definitiva no soy yo que llevo como dos meses intentando terminar La Náusea, eso sí lo sé.

Lo más complicado son las respuestas incoherentes que hay que mantener por largos períodos de tiempo. Respiro profundamente y hago un firme propósito de cambiar el libro que llevo en el bolso una vez a la semana, por aquello de no levantar sospechas. Ruego al cielo que nadie me pare demasiadas bolas.

viernes, 16 de agosto de 2013

Estoy viendo demasiada tele

Hoy no quiero tener sentido.

No sé si puedo escribirte de día. De día soy más consciente de mis acciones: escucho mi respiración, siento como parpadeo y mi corazón latir, todas requieren un esfuerzo voluntario; dejan de hacerse solas, mi corazón ya no está en automático, mis pulmones se niegan a mandar oxígeno al cuerpo y los ojos se me secan por exceso de exposición. No puedo concentrarme, tengo que hacer demasiadas cosas sucediendo al mismo tiempo.

Por eso nunca te escribía de día, te escribía de noche. Pero mis noches ahora son más complicadas, el verano sólo trajo de vuelta el insomnio, anoche no dormí nada. Literalmente, nada. Y no es uno de esos cuentos chinos donde dices que no dormiste pero en verdad tuviste un pequeño descanso de sueño ligero, no. Podría contarte una por una las series en la programación nocturna de por lo menos tres canales. Desde las 10 de la noche hasta las 10 de la mañana. Y no es que haya dormido antes o después, es que llego a las 10 y vuelvo a salir a las 10. Y bueno, no, no estoy durmiendo.

Tú siempre duermes, así que no sé exactamente por qué te cuento esto. Es absurdo, todo, yo soy absurda; creo que es el no estar haciendo nada, creo que es el estar en una sequía de escritura muy arrecha. La más larga de todas, ya ni la cajita me está funcionando. Pero es por floja, por no sentarme, por escribirte puras mierdas, yo sé.

Creo que tengo miedo, huyo de la posibilidad de escribir. Me da miedo equivocarme, y es absurdísimo. No todo lo que escriba va a ser oro, yo lo sé y siempre he estado clara de que algunas cosas son una mierda y he amado mi mierda también porque de ella he aprendido. Igual tengo metida en la cabeza la pendejada de que quiero que nadie me la critique, yo sé, que yo la hago pública, que si no quiero no la muestro y ya. Pero ajá, no todas las cosas que hace y piensa la gente tienen sentido, a mí me gusta no tener sentido y éstas son las consecuencias.

¿Ves? En eso no somos nada parecidos. En nada somos parecidos. Miles de voces me susurran al oído el sinsentido de esta conversación jamás compartida y jamás leída. Creo que todas nuestras conversaciones son así. Pero te lo agradezco igual, se lo digo a las voces y me dejan en paz un rato.

Saludos desde el subsuelo, diría que estoy acompañando a Dostoyevsky pero eso sería ultra pretencioso y come mierda; hay que tener límites en la vida. Corrijo: saludos desde el hueco eterno en la intercomunal del Hatillo, desde debajo del puente del Guaire y desde la alcantarilla que nunca tuvo tapa en la principal de Las Mercedes. Desde ahí te saludo.

Que te lluevan arcoíris o putas, no sé qué te tripees más.

No sé a quién coño le estoy escribiendo.

jueves, 1 de agosto de 2013

El Gran Gatsby

Algo me pasó con The Great Gatsby que no me había pasado antes.

Tenía años buscando el libro; es de esos que en cualquier librería gringa se conseguiría en tres segundos pero que aquí cuesta una bola y la mitad de otra lograr que aparezca. Finalmente di con un ejemplar chiquitico y tapa dura que llevaba años esperando ser redescubierto en la biblioteca de mi padrino, fui eternamente feliz y lo agregué a mi cola de libros por leer.

El libro lo terminé rapidito y me gustó pero no entendí la fascinación por él. 
Me encantó la historia pero no me atrapó.
Me pareció tristíiisimo pero no me conmovió. 

Me lo terminé hace dos días y finalmente pude ver los trailers de la peli a la que le había estado huyendo; no aguanté y ayer en la noche salí corriendo al cine a verla. Aquí el porqué de mi cuento: Es la primera vez en mi vida que me gusta más la peli que el libro.

Aunque tengo varias teorías:

1.- Como dije, era un librito, doscientas páginas. Le voy a dar una oportunidad a la versión en inglés porque es posible que haya sido culpa de una mala traducción.

2.- La peli es mucho más explícita. Yo soy muy, muy visual; a Daisy la tenía perfectamente imaginada, calculada, entendía a la perfección su personalidad y cómo era posible que se comportara, pero a Gatsby no. De Gatsby tenía un perfil general pero la empatía con el personaje me llegó en las últimas diez páginas del libro (de nuevo, pudo ser la traducción que me leí o el hecho de que todo está narrado por Nick, insistiendo en lo discreto que era Gatsby con sus vainas).

3.- Leonardo Di Caprio es un tipo muy arrecho. Es impresionante lo mucho que ese hombre logró que yo (y probablemente muchas otras personas) conectara con él, lloré dos veces en la peli y ninguna de ellas fue en el final. Fueron momentos en los que realmente sentí que lo entendía, sentí lástima por él, pesar por él y sufrí con él. No recuerdo cuándo fue la última vez que una actuación logró eso en mí.
Si a Leo no le dan un puto Oscar por esta actuación, juro que voy a LA a quemar el Dolby Theater y luego a los infelices de los críticos.

Más allá de todo esto, tanto el libro como la peli son increíbles y los recomiendo ampliamente; nunca he sido gran fan de ver la peli antes de leer el libro, pero en este caso creo que no hay decepción de ninguna manera. 

Gracias Leo, gracias Gatsby.

Punto.

P.D.: Aún me quedó la espinita de ver la versión con Robert Redford a ver que tal, en estos días soluciono eso.
P.D.2: Me sabe un poco (muy) a mierda si se ofenden o vienen a decir que rotten tomatoes le dio 49%. Fuck your standards.

miércoles, 17 de julio de 2013

Andrés

Qué necesidad impresionante de joder, Andrés.

Creo que han pasado unos dos años ya, al menos dos años, fácil. Las cosas han cambiado burda, en serio; bueno, han cambiado dentro de las posibilidades que tenían para cambiar. Aún hay una realidad: nosotros no existimos, pero me he dado cuenta de que creo que es mejor así.

Ahora, haber aceptado eso no quiere decir que soy la persona más cuerda y madura del mundo y que te ignoro si te veo en la multitud, ojalá; pero ya no te busco, ya no pregunto por ti, ya no intento saber todo lo que haces con tu vida, no, ahora te huyo y parece resultar igual de difícil que mi misión anterior. 

Porque ahora te da por aparecer en todas partes, después de años en los que sentía que vivíamos en continentes diferentes y hasta consideraba la posibilidad de que te había inventado; ahora te da por frecuentar los mismos lugares cutres a los que llevo una eternidad yendo, te da por antojarte de mis amigos, de mis costumbres.

Y es difícil no salir corriendo, controlar la ansiedad desesperante, no fumarme veinte cigarros al mismo tiempo, quitar la cara de bolsa y evitar que me veas porque me siento delatada. Porque yo sé que tú sabes (que yo sé que tú sabes); y todos sabemos pero nadie dice nada. Mejor. No hay necesidad de ridiculizar a nadie.

Siempre voy a tener tu cara tatuada en el recuerdo, siempre. Y qué jodido que ha sido borrarme el falso amor de encima, pero ahí voy, aunque tú no quieras colaborar, aunque ahora hayas decidido perseguirme y me veas con esa jodida cara bonita sin saber exactamente qué sucede. Es que soy muy bolsa, siempre lo he sido.

Ojalá de verdad viviéramos en continentes diferentes.

Ya Andrés, ya fue.

lunes, 24 de junio de 2013

Paco y Salvador

A mi madrina le encantaba echar el cuento de Paco, nunca supe si era cierto pero lo escuchaba una y otra vez. 

Paco había sido un perdedor toda su vida. Hijo de esos inmigrantes españoles que llegaron pelando bolas al país y que lograron sobrevivir, pero nunca formaron parte de la élite europea exiliada; había nacido en Sevilla pero se había ido a los 4 años cuando sus papás decidieron probar suerte en Venezuela y más nunca volvió. A pesar de haber vivido toda su vida en Carúpano, se decía español e inclusive hablaba con un acento fingido para que la gente le creyera; mi madrina sólo para molestarlo, decía que había sido cubana en otra vida y cambiaba su acento también, así andaban los dos y así se jodían la paciencia. 

Pobrecito Paco, había nacido en la época equivocada, se había casado joven para mantener las apariencias pero siempre fue de esos tipos entregadamente gays, de los que no podían ocultarlo; era evidente, lo sudaba. Eran tiempos más ingenuos, sí, pero mi madrina siempre decía que esa mujer tenía que haber nacido ciega para no haberse dado cuenta. Igual el matrimonio no duró mucho, para futura felicidad de ambos.

Después de divorciarse decidió salir del pueblo e irse a Macuto, “a ver mundo” decía, ahí fue cuando mi madrina lo conoció. Ella ayudaba en la tardes en la pensión de su familia y él pasó meses hospedado esperando a que las musas lo iluminaran; fumando cigarros baratos que compraba en la esquina, viendo a Carlos Andrés hablar pendejadas en blanco y negro, y comprando baratijas ocasionales en un ropero cercano. Rogando que algo bueno le pasara; una sola cosa buena, coño, una. 

–No sé de dónde sacaba la plata, pero en eso se la gastaba. Lo que pagaba por el cuarto fijo, cigarros de quinta y pendejadas –recordaba ella siempre. 

El ropero era un sitio descuidado pero con buenas intenciones. Llegaban ahí los cachivaches que ya nadie quería y las pertenencias de los viejos millonetas que fallecieran por esos días; Paco compraba ahí casi toda su ropa, adornos para la casa que tenía olvidada en Carúpano e incluso un par de muebles que le habían dejado guardar en el sótano de la pensión. 

Hubo una época en la que le dio por comprar cuadros, se decía gran conocedor de arte y en el ropero casi todos los que llegaban se quedaban estancados por falta de interés; le pedía a mi madrina que los colgara en la pensión mientras él estaba allí para que “alguien les echara un ojo de vez en cuando”, no sonaba como una solicitud demasiado desquiciada así que nadie le peleaba y colgaban sus cuadros al lado de esquinas solitarias. Tenía unos cuatro o cinco colgados por el edificio, sin molestar a nadie, esperando a que alguien les echara el ojo de vez en cuando, como el español había prometido. 

La pensión siempre estaba llena: turistas y huéspedes fijos, extranjeros y locales, gente culta y analfabetas funcionales; que surreal el día en que uno de ellos decidió interesarse por un cuadro de Paco. 

–Disculpe miss, pero ¿dónde comprar esta painting? –le machucó un día a mi madrina un gringo insolado.
–Usted debe ser huge Dalí fan ‘cause I’ve never seen this before, parece un boceto.
–No, no, usted debe estar confundido, esto no es de Dalí nada– le respondió mi madrina de mala gana.
–Pero miss, look at the signature and the stamp ahí, esto es un original. Si no lo quiere I’ll buy it!
Mi madrina se acercó al cuadro y verificó lo que le decía aquel extraño.
–Mire señor, ya yo le dije que esto no es Dalí un coño, ahora váyase a joder a otra parte que yo estoy muy ocupada. 

Imaginar su cara de asombro en ese momento siempre me hacía soltar la carcajada. –Yo pensé que el gringo ese me estaba jodiendo, cuando me acerqué y me di cuenta descolgué el cuadro, mandé al gringo al carajo y corrí a esconderlo –se reía años después. 

Paco había salido a comprar cigarros pero no tardó en escuchar del espectáculo del cuadro, de hecho, cuando llegó a la pensión ya el gringo se había enterado de que él era el dueño y estaba listo para ofrecerle compra, pero Paco se negó.
–Mire tío que yo se lo agradezco mucho pero a mí me gusta mi cuadro y no se lo vendo a nadie –sentenció. 

Ese fue solo uno de los muchos intentos de compra que fracasaron en los días siguientes, la voz siempre se corre como pólvora en los pueblos turísticos. Fueron muchísimos expertos de arte y muchos otros oportunistas, todos ofreciendo sumas increíbles de dinero por aquel tesoro pero el español no recibió a ninguno; mi madrina intentaba hacerlo razonar pero al tipo le gustaba aquel caballo que salía en su cuadro y decía que bajo ningún concepto iba a dejar que se lo quitaran. "Ni de coña, esto lo he comprado yo y nadie va a venir a quitármelo, así el pintor sea Dios mismo", y mira, así fue. 

Paco no pasó mucho tiempo más en la pensión, a los pocos meses decidió regresarse a Carúpano; con sus cigarros baratos, los adornos y muebles recolectados, la ropa usada por más tiempo del necesario y su cuadro de Dalí. 

Después de eso mi madrina lo vio un par de veces, una vez que él volvió de visita a la pensión a mediados de los noventa, justo antes del deslave, para presentarle a su pareja y otra vez que ella decidió ir a visitarlos hace como dos años. Llegó a una casita en las afueras de Carúpano, humilde por fuera pero bonita por dentro, con las paredes de la sala pintadas de azul mar y en la pared más grande, sólo y centrado, el eterno cuadro del caballo, el de Salvador. 

Paco sólo había pedido una cosa buena, una sola coño, y ahora la tenía colgada en la sala de su casa para que todo el mundo la pudiera admirar.

miércoles, 22 de mayo de 2013

Un café para Caracas

Caracas es como la amiga desastrosa a la que, a pesar de todo, decido no verle los defectos. Porque ha pasado mucho tiempo, porque la conozco de toda la vida, porque aunque a veces es una mierda, es buena también; y siempre, siempre sabe redimirse después de meter la pata.

Esa amiga que desaparece en la mitad de la noche y vuelve a aparecer rascada, casi al amanecer, para invitar unas arepas tempraneras. Así es Caracas: te mete en una cola horrible, te quita la billetera a mano armada y justo cuando estás por odiarla se lanza una vista del Ávila a las cinco de la tarde, y ya, está listo, la perdonas y la quieres otra vez.

Caracas para mí son los "epa mami" en el metro, los raspados de colita en Chacaíto, los chorritos de la plaza de Los Palos Grandes, los restauranticos escondidos y milagrosos en La Candelaria. Es el "¡jueeeega, marico!" de lo chamos que juegan fútbol todas las tardes en cualquier cancha de la ciudad, es mi vecina evangélica contándome del reguetón cristiano y de como va a salvar mi vida; es el señor Luis, el del kiosko de la esquina, preguntándome si quiero ganar masa muscular con Herbalife, la maravilla que arregló su matrimonio.

Caracas es variedad, es coraje. Son todos los valientes que se pusieron un par de bolas y se vinieron a probar suerte a la capital; y aquellos más valientes que nacieron aquí y decidieron quedarse, a pesar de una tía sesentona que les recordaba por teléfono, Astor en mano, lo peligroso que está todo y como "la masa no está pa bollo, mijo". Y puede que sea verdad, pero aquí seguimos, porque todo desastroso necesita a un amigo con un poco más de cordura que lo guíe de vez en cuando. 

Vente Caracas, vamos a comprarte un café a ver si se te pasa, marica.

domingo, 12 de mayo de 2013

De mi padrino

Hace unas semanas escribí un ensayo sobre "Hablar con un papel" de Barrera Tyszka para la universidad; en él había una anécdota del día que le dijo a su padrino que decidía estudiar Letras que, por alguna razón, me desconfiguró. 

Decir que mi ensayo fue malo y pesimista sería demasiado amable, me defiendo un pelo diciendo que mi ánimo era aún peor que la cagada que había escrito; de hecho, tuve las bolas de concluir diciendo: 
"Lo siento, Alberto, que pena contigo. Te lo prometo que no le digo a nadie que fuiste mi inspiración para esto. Igual tú tenías ventaja, mi padrino no me dijo ninguna frase cómica-inspiradora relacionada con el oficio".

1.- Sí, tuteé a Barrera Tyszka por razones que desconozco. (La más arrecha del McD's).
2.- Técnicamente rompí mi promesa de no decirle a nadie al entregarlo (y la vuelvo a romper ahora).
3.- Metí a mi padrino en un show que era mío.

Alberto no me paró muchas bolas pero a mi padrino no le gustó y mandó al universo a callarme la boca.

Por eso volví, a pedirle perdón. Gracias padrino, gracias por tanto. 
Gracias por estar aún cuando no estás y por guiarme a tu manera. Sé que si hubieras podido, me hubieras dicho todas las frases cómicas e inspiradoras del mundo. 
Te amo y te extraño.

Punto.

lunes, 1 de abril de 2013

Gracias Marzo

Por acabarte. Que gran mierda que fuiste. No voy a extrañarte ni un poquito, puto.
Punto.

martes, 26 de febrero de 2013

12

Era azul, muy azul. Te lo juro.
Siempre dijiste que era verde, te lo creías, pero nunca fue tan azul como ese día.
Azul.
Azul.
Azul.
Verde.
Empezaba en tus plantas y seguía lentamente, recorriendo tus pies, tus piernas. Escalaba lentamente por tu cintura sin demasiado sentido, como las manchas de los psiquiatras.
Interpretativo, decías, como todo acerca de ti. Provocativo.
Azul.
Morado.
Verde.
Me preocupaba por ti, en serio que lo hacía, pero nunca lo entendiste. Siempre estuve seguro de que en un nivel muy subconsciente lo disfrutabas. Eras como una obra de arte.
Así te veía a veces, de lejitos para intentar entenderte. Tampoco lo logré.
Mi musa incomprendida, ignorada por el mundo. ¿Cómo nunca te fuiste? Me gustaría preguntarte tantas cosas y que ignoráramos lo policromático, pero ya es muy tarde.
El carmesí era el que mejor de todos te quedaba, pero era el que más rápido se iba.
El verde era tu favorito, el que tanto ocultabas para vanagloriarte en secreto, aunque en verdad siempre fue azul.
El negro va a ser el último que exhibas, el gran cierre.
Nunca entendí porqué no te fuiste.

domingo, 27 de enero de 2013

10

Creo que teníamos 16, no sé. Era esa edad en la que las 5 de la tarde comenzó a ser mi hora  favorita del día y cambié mis canciones de rebeldía por Jorge.

La luz me hacía hermosa, nos hacía hermosos juntos. No teníamos nada en común, ni siquiera deseo. Éramos dos carajitos tratando de encajar en el mundo, buscando un lugar. Juntos todo tenía un poco más de sentido, tú fuiste mi lugar.

Yo acababa de enamorarme y desenamorarme por primera vez (o al menos eso creía) y tú te diste a la tarea de protegerme, quién sabe qué tan inteligente fue eso. Por un tiempo más nada fue necesario, éramos gallos y felices; luego nos desenamoramos el uno del otro.

A veces (muy de vez en cuando, eh?) te extraño un poco, se me escapan risas contenidas recordando todas las estupideces que hablábamos. Sé que prometimos odiarnos, pero antes de eso fuiste justo la persona que necesitaba.

Tranquilo, no fue nuestra culpa. Eso lo sé ahora. 
Sé que en el fondo algún día te reirás también y dejarás de tomarte todo tan en serio.

martes, 15 de enero de 2013

Rocco

A Rocco no le gusta comer solo, le gusta que lo vea. Así, de lejitos.
Siempre que estamos juntos se sienta en mis pies y busca jugar con mi mano. Rocco es diestro, igual que yo. Intenté enseñarle a dar la pata muchas veces, pero nunca funcionó.
Rocco le tiene miedo a la lavadora, a los carros, al veterinario y a los perros más grandes que él. Le encanta esconderse detrás de mí para protegerse.
Rocco y yo siempre bailamos juntos, a veces hasta hacemos el trencito.
Rocco se emociona cuando ve la correa con la que lo paseo, pero se molesta cuando le reviso las patas para asegurarme de que no tenga garrapatas.
A Rocco le encantan las ramas de los árboles (aunque sean más grandes que él), las flores, las hojas, el agua y su nudito rosado. También le gusta el cereal, pero ese es nuestro secreto.
Rocco me acompaña a escribir, a comer, a ver tele y cuando me siento mal se sienta tranquilito a mi lado. 

No quiero que esta lista se termine nunca.

Cuando llegó era solo un bebé desnutrido y con la cola entre las patas. Tomando un montón de medicinas y odiándome por no dejarlo hacerse pipí en todas partes.
Sigue siendo un bebé, pero ya está grande, fuerte y sin anemia.
No quiero a otro perro. Ya yo tengo a Rocco, el mejor perro del mundo.
Rocco Andrés, cara de pez. El perro patas blancas.

Te amo cielo, te voy a extrañar siempre.