martes, 19 de junio de 2012

De amistades imaginarias

A Hannah Horvath la entiendo. Hannah y yo nos llevaríamos demasiado bien. O tal vez nos detestaríamos, porque somos demasiado parecidas. 

Soy tan egoísta como ella, sólo que me niego rotundamente a creerlo; en mi cabeza me convenzo de que soy la Madre Teresa y de que ando por ahí haciendo un bien increíble a la humanidad, mientras pienso toda vaina más de la cuenta. Igual que me convenzo de que escribo buenísimo y de que estoy haciendo lo correcto, aunque me haga un manojo de nervios cada vez que me pregunten qué va a ser de mi vida en cinco años.

Hannah justifica sus experiencias como razones de inspiración. Yo no me quedo muy atrás, inventando cada estupidez y metida de pata posible (que no son pocas, ¿eh?), porque qué carajo; algún día cuando escriba de ellas tendrán que darme a mí, y esperemos que al resto de la humanidad, un poco de risa. Desde que ha sido implementado este modus operandi y escudo de vida, las tasas locales de imbecilidad por hab/km2 tienen que haber aumentado porque sí*. 

¡Ay Hannah! ¿Por qué el amor hacia los tipos desadaptados? Oh, la debilidad. Y no es que todos sean desadaptados, pero el ojo por lo general no falla. El eterno conflicto interno que probablemente hable de temor al compromiso o alguna paja por el estilo, eso tú lo aceptas mejor que yo. Como dice otra genia: “No todos son putos, sólo los que te gustan a vos”. 

Pero para eso no estoy aquí, para eso están nuestros terapeutas. Total, de eso no se escribe, hay que dedicarse a temas más interesantes, de interés político y social (¡JJJJA!).

Querida Hannah, te mando un fuerte abrazo imaginario a tu NY imaginaria de residencia. Sé que en el fondo seríamos grandes amigas que no compartirían nunca, nunca, jamás, su trabajo. 

TQM. 

Punto. 

*Basado en encuestas totalmente irrelevantes y probablemente manipuladas que evalúan a una sola individua desquiciada.

sábado, 16 de junio de 2012

De historias pendientes

La historia que tenía tiempo evitando contar pero que finalmente se contó sola

A principios de este año retiré trimestre (AKA: me fui) de la Simón; tenía ya tiempo sabiendo que ingeniería no era lo mío, sólo me faltaba el par de bolas. Después de llegar de mi viaje MUN se me hizo demasiado evidente que no podía seguir en algo que no me gustaba.

That being said:

Los cuatro meses que llevaba como población flotante habían sido de los más llenos de incertidumbre de mi vida. Era absurda la cantidad de planes que estaba considerando a la vez, había un Plan A y todos los que lo seguían al menos hasta la L; no era una situación que me encantaba pero era necesario estar preparada.

Por razones que no quiero discutir, la que veía como mejor opción se desplomó a mis pies después de haberla dado por segura y odié al mundo y maldije y odié al mundo un poco más. Fueron dos días de la-jeva-más-inmamable-que-haya-tenido-la-desgracia-de-conocer (me disculpo públicamente con cualquiera que se haya visto afectado).

Los miles de refranes que mi mamá siempre me repetía habían sido ciertos muchas veces, pero nunca tan descarado como esta vez: Dos días después de perder todo el ánimo que tenía acumulado dieron los resultados de la prueba de la central.

No hay mal que por bien no venga
Cuando se cierra una puerta, se abre una ventana
Todo pasa por una razón. 

Los compro, todos. 

Mi futuro, antes medio incierto, ahora se pinta súper bonito. Al fin, coño, le lanzaron algo a Sofi.

Voy a estudiar letras y eso me hace un ser feliz.

Punto.

martes, 5 de junio de 2012

Gravedad

Entraste al cuarto, con tu cara de bolsa, buscando algo indeterminado a tu alrededor. No sé si era algo que hacer o alguien que consolara tu miseria. No era obvio, en serio, pero no me costó imaginarte odiando tu v… 

No, no, no, mentira. No entraste al cuarto, estabas patin… Oh no, sí, entraste, diste una vuelta y te fuiste, al no conseguir nada más que imitaciones baratas de cronopios en búsquedas fallidas de felicidad. 

Saliste y estaba allí, en el medio, tentándote. No era muy difícil, la verdad; siempre fuiste el centro de toda clase de payasadas y bromas crueles. Se burlaban de ti y no contigo, ¡te lo juro! Pero nunca caíste en cuenta o preferiste no pararle bolas. La negación y la ignorancia al parecer son bendiciones modernas.

Pobre Fer, jamás viste venir lo que te esperaba. 

El tiempo se detiene, te veo en la distancia mientras mis advertencias aún bailan preocupadamente en el aire, como un cartel gigante tratando de prevenir tu estupidez venidera; me parece innecesario aclarar que no funcionó pero siempre es morbosamente divertido recordarlo. La gravedad pierde sentido: flotas. Tú flotas. Tus zapatos flotan. La estúpida patineta flota. Te haces millones de partículas pendejas en el aire, todas moviéndose sin sentido, haciendo diferentes obras de algún arte abstracto que luego puede que sea más rojo. 

Tu falta de coordinación flota. Tu pelo antes sobre la cara, ahora flota. Todas tus inseguridades finalmente consiguieron su merecido. 

 El momento no podía ser infinito, tan diferente al recuerdo que te quedará de esto. Irremediablemente dejas de flotar y el tiempo es compensando avanzando aún más rápido, pero bastante fácil de describir: Golpe seco, insultos histéricos varios, sapos y culebras, sangre. 

Pobre Fer, quisiste hacer una payasada y te salió una morisqueta, o algo así iba aquel refrán al que le mentas la madre últimamente. 

 Pobre Fer, te salió la patineta por la culata. 

Cuatro clavos en el brazo derecho, por pendejo. Ese día, finalmente aprendiste.