lunes, 30 de abril de 2012

Sábado

Este cuento se merece más respeto del que yo le doy.

Tres vasos y un grupito de carajas cualquier vaina después, la elegí; o mis ganas de agarrarme a alguna, no sé. 

Llevamos ya como una hora hablando paja, hemos pasado toda la noche juntos, la jeva tiene que saber. Ríete marico que acaba de hacer un chiste. Que ladilla, lleva ya como 20 minutos hablando del hermanito menor, porque debe jurar que me importa burda. Paciencia, sonríe que ya llevas mucho tiempo hablando con la jeva, aguanta que o es ella o no es hoy. 

Los rones la hacen visualmente aceptable, es como un 6 y la curda la hace un 7. Hora de reírte de nuevo, el carajito fue al colegio con la camisa al revés; que niño tan inteligente, tan pilas como la hermana. 

Llega fulana a integrarse a la conversación. Lo que me faltaba, la típica amiga ebria que está lampareando y no tiene ni idea. Si me vomita encima le escupo, por mal borracha. Carajita ladilla, carajita ladilla, carajita ladilla. Sutano llega al rescate, se lleva a la metiche y me hace una seña; le debo una. 

Primera indirecta, la jeva se desvía totalmente del tema, sigue contando una historia de alguien con un carro, no sé. Le tomo la mano, sonríe pero sigue firme en su plan de la maldita historia interminable. Le acaricio la mano una vez, dos veces, tres, cuatro veces, se carcajea, listo. 

Empiezo a hablarle de la luna y las estrellas, algunas veces la labia barata salva la patria, por suerte para mí ésta es una de ellas. Empieza a seguirme la corriente, ya es muy tarde para que se haga la difícil. Estamos suficientemente lejos de la gente que queda, para que nadie moleste ni se me ponga moralista a última hora. 

Me acerco, se acerca. La pared, ella y yo. 

Tres, dos, uno.

lunes, 23 de abril de 2012

Hambre

Visualizó la imagen mentalmente, con su suerte de mierda probablemente caminar a la cocina era un desastre esperando por suceder, pero el hambre era mayor que ella y la opción debía ser considerada.

Podía que repitiera lo muy miserable que era su vida un par de veces en voz alta en el camino, por aquello de no perder la costumbre, más por ocio que por verdadera fe.

Encendería la luz y buscaría leche en una taza amarilla y plástica. Cereal, fácil, rápido y seguro. Cerraría la nevera con brusquedad escuchando un golpe inesperado que decidiría desestimar, porque eso haría alguien rebelde e independiente. Derramaría, en un micro segundo, la leche de manera inesperada; maldeciría a nadie en particular -el coño de la puta madre que tuvo la desdicha de parirte- y empezaría a limpiar, considerando aquello parte de la suerte de pacotilla que la hubiera estado acompañando por algún tiempo ya. Se sentiría la Cenicienta limpiando aquel desastre y esperaría a que los venaditos y pajaritos de mierda vinieran a ayudarla.

Decidiría que ya no tenía hambre y apagaría la luz de la cocina, no sin antes notar que había dejado el envase fuera de la nevera. Abriría la puerta mientras en cámara lenta desfilarían ante ella 8 huevos, una botella plástica con aceite usado, otra con alcaparras y un frasco de vidrio, de unos 30 cm, lleno de un espeso papelón convertido en miel, como una mini lluvia colorida y personal. Todos rotos inexplicablemente a sus pies.

Lloraría en posición fetal por 5 minutos y negociaría su nivel de hostilidad con el universo. Cantaría algún vallenato de mala muerte al resignarse ante su desastre y empezaría a limpiar aquel pegoste, marrón con lunares amarillos, antes de rescatar a los 4 o 5 sobrevivientes para ser llevados a emergencias y psiquiatría lo antes posible. Llenaría 3 bolsas de basura con papel periódico envolviendo vidrios y papelón, negociaría con el universo no cortarse una mano por accidente y lamentaría no haber tomado una foto del colorido desastre apenas hubiera sucedido.

Pasaría una hora limpiando, exageraría el incidente más de lo debido y se convencería a sí misma que la cocina no huele a clara de huevo ni se ve de color marrón-agua-sucia. Saldría al pasillo en pantaletas a botar la tonelada de basura, sólo como reto al universo porque ya la negociadera la tendría ladillada. Volvería a su cuarto sin comer, arrecha, con la resolución de no contar nunca jamás aquel desastre.

Decidió que era mayor su hambre que su mala suerte e ignoró cualquier mal pensamiento mientras repetía lo miserable que era su vida un par de veces en voz alta, de camino a la cocina.

Llegó y encendió la luz. Se sirvió la leche, derramó y limpió la leche.

Descubrió el recipiente reposando en la mesa, in-guardado.

Abrió la puerta de la nevera sin pensarlo. Presintió lo inevitable.

No cerró los ojos.

lunes, 16 de abril de 2012

El Profe

Un lunes de esos totalmente aburridos, después de alguna clase eterna de alguna materia irrelevante. Se sentó en aquellos pupitres rayados y faltos de cariño por primera vez. Había esperado demasiado para tomar esta clase.

Miró a su alrededor, sus compañeros eran trogloditas dispuestos a salir de ahí lo más rápido posible, buscando créditos fáciles, como tanta gente; eso la ofendió un poco. Ella estaba ahí por amor al arte o de eso se convencía, la pobre snob. Buscando algo, pero sin saber con precisión qué era.

Él empezó a hablar, de Allen, de Nueva York, de su afición por los judíos y su miedo al compromiso. De estatura promedio, iniciando sus cuarentas, delgado y ropa probablemente una talla más grande de lo que debería. Su camisa manga corta de cuadros, con jeans y converse complementaban a la perfección su personalidad.

Parecía nervioso ante aquel apático salón de clases y sus ojos se fijaban en ella a través de los delgados lentes de marco metálico, agradeciendo que alguien le prestara atención. Lo encontraba adorable, el corte colegial apenas permitía que el pelo liso le cayera en la frente, mientras sus dedos aplaudían nerviosamente en silencio una y otra vez frente a la clase. No era su tipo, seguramente no se hubiera fijado en él si lo hubiera visto casualmente en la calle; pero ahí estaba, incapaz de escuchar algo que no fuera su voz hablando de las manías de Woody.

No era increíblemente atractivo, ni increíblemente musculoso, pero su amplio conocimiento de filosofía, literatura y películas era simplemente maravilloso; por fin, alguien con quien discutir aquello que sí comprendía, entre tanta gente ahogada en números. Las tres horas de clase pasaron mucho más rápido de lo que ella hubiera querido, habría podido quedarse escuchándolo hablar por siempre, asintiendo ante todo lo que decía, aprendiendo de las cosas que realmente le parecían importantes.

– Chao, profe. – le soltó con valor.– Hasta la semana que viene, Lucía – respondió animado.

– ¡Se sabe mi nombre! – celebró mentalmente mientras se alejaba, sonreída.